¿Por qué leer? Porque cada vez que lees un libro, un árbol sonríe al ver que sí hay vida después de la muerte. Sabes que un libro es interesante cuando pasas las páginas sin darte cuenta. Leer, la forma más barata de viajar.

domingo, 6 de mayo de 2012

Primeros capítulos #3 Cielo rojo


Un estudiante de periodismo en busca de una historia que contar.
Un festival de música en recuerdo de Chernóbil. Un bosque como escenario de un rastro de muertes.
2004. El Club del Trueno se reúne por última vez. Nikolái y Ekaterina se marchan de Ukrania con sus padres. Dimitri, sin embargo, se queda en el país. Antes de despedirse, se reparten una matrioska con la promesa de volver a juntarla antes de diez años; de lo contrario, una maldición caerá sobre ellos.

Prólogo

«Cuando cayó la noche, salí de refugio vagué por el bosque, y ahora que ya no me frenaba el miedo a que me descubrieran, di rienda suelta a mi dolor, prorrumpiendo en espantosos aullidos. Era como un animal salvaje que hubiera roto sus ataduras […]. Las frías estrellas parecían brillar burlonamente, y los árboles desnudos agitaban sus ramas; de cuando en cuando, el dulce trino de algún pájaro rompía la total quietud. Todo, menos yo, descansaba o gozaba. Yo, como el archidemonio, llevaba un infierno en mis entrañas […]».
Mary W. Shelley,
Frankenstein o el moderno Prometeo





22 de enero de 2008

Un grito en la noche.
Súbito y violento como un relámpago, atrapado en la espesura del bosque Itanich. Un alarido que surgía de la niebla hasta alcanzar las siluetas de los que rastreaban no muy lejos, y que ahora permanecían alrededor del cadáver.
Había sido un grito de terror.
Las antorchas se alzaron entonces, evidenciando bajo su destello el titubeo de aquellos campesinos que se enfrentaban al paisaje. Y a lo que se ocultaba en él.
Chudovishche.
Las inmediaciones del bosque se habían tornado hostiles. La negrura que los contemplaba desde la vegetación cuajada de hielo se iba acentuando conforme ellos adquirían conciencia del peligro.
No estaban a salvo. Ni siquiera juntos.
El hallazgo del cuerpo había perdido importancia para esos hombres que atenazaban sin convicción sus rudimentarias armas: hoces, hachas, cuchillos y horcas. Acaso aquella muerte que acababan de confirmar no suponía el fin del peligro; no esa noche. Quizá una víctima no era suficiente.
Los campesinos sabían que, tal vez, el Chudovishche acechaba en esos instantes, husmeando nuevas presas con las que saciar un instinto depredador que no había sido satisfecho.
La intemperie era el reino de la alimaña de los bosques; así lo afirmaba la leyenda. Y ellos habían osado profanar su feudo en plena noche.
Todos vigilaban los alrededores con desconfianza. Ansiaban volver al refugio de sus casas antes de que fuera demasiado tarde.
Sobre el paisaje de Itanich se precipitaba ahora un viento gélido que barría los árboles cargados de nieve provocando leves avalanchas. Apenas había visibilidad. El crepúsculo inundaba de sombras ese bosque, lo sumergía en un horizonte desdibujado por la bruma. Las ráfagas de aire emitían un silbido penetrante al deslizarse entre las ramas, un sonido estremecedor sobre el que logró imponerse un segundo grito.
Más breve, congestionado. Pero humano.
Había vuelto a escucharse.
La corpulenta figura de Antónovich se separó de los campesinos. Atento, el periodista había conseguido ubicar la procedencia de aquel nuevo sonido y no esperó al avance de los lugareños. Necesitaba un exclusiva, por algo había acudido hasta ese lugar.
Reacio a la superstición, albergaba el convencimiento de que tenía que existir una explicación racional para todo lo que estaba ocurriendo, y estaba dispuesto a descubrirla. La existencia de una criatura salvaje constituía una alternativa demasiado fácil y absurda.
El periodista se giró hacia el grupo para dedicar una última mirada al cuerpo inerte de Bratislav Mollensko que ya había fotografiado con su Nikon réflex. Se trataba de un cazador nativo de aquella región de Ucrania, a quien habían buscado durante dos días hasta llegar al desenlace que ahora presenciaba.
En ese enclave acababan de hallar sus restos, en efecto, tendidos sobre la tierra helada junto a su escopeta sin cartuchos.
El cadáver presentaba un aspecto mucho más deteriorado de lo que el frío y la naturaleza habrían podido provocar en circunstancias normales: su rostro, de ojos desencajados, mostraba una crispación extrema que había retorcido su boca en una mueca grotesca, y bajo la piel del cuerpo, tumefacta y cubierta de ampollas, los músculos se habían consumido hasta dibujar los huesos desnudos.
¿Aquella degeneración se había producido en menos de cuarenta y ocho horas? Antónovich no salía de su asombro. ¿Cómo? La ausencia de mordiscos y la ropa intacta descartaba un ataque de lobos, lo que, unido al resto de los detalles, alimentaba la superstición ante un fenómeno inexplicable que se iba repitiendo en el tiempo.
Porque no era el primer cadáver que aparecía en esas condiciones.
Una nueva víctima de la alimaña de los bosques, el Chudovishche, se leía en las aterradas pupilas de los campesinos, cuyas murmuraciones había interrumpido el segundo grito que aún resonaba en los oídos de todos.
Aquellos restos poco tenían que ver con el ataque de una animal. La muerte había sorprendido allí a Bratislav Mollensko, un tipo fornido y sano de cuarenta y cinco años. El viento había borrado las huellas sobre la nieve, y era imposible determinar la ruta que había seguido el cazador antes de desplomarse o el lugar exacto en el que había efectuado los disparos hasta agotar su munición. ¿Cuántas horas llevaba muerto?
―Hay que hablar con la viuda ―susurró alguien, en un vano intento de promover la retirada.
Antónovich apartó la vista del cadáver y montó en su vehículo sin pronunciar palabra. No había tiempo que perder.
Tras colocarse el casco, comprobó el estado de su cámara, colgada del cuello; tanteó la culata del arma en su cintura, y llevó sus manos enguantadas al manillar. Acelerando, soltó demasiado pronto el embrague. Su moto de trail dio un respingo, patinó durante un instante sobre el suelo helado y salió disparada por el camino que se adentraba en el bosque. Tras él, los vacilantes brillos de las antorchas y los haces de las linternas comenzaron a desplazarse en su misma dirección. El pueblo al completo, en un avance mudo y solemne, se enfrentaba a la leyenda esa noche. Y lo hacía a pesar del temor que le inspiraba aquel mito que se cobrara su tributo de sangre casa cierto tiempo, en una especia de macabro diezmo que nadie sabía cómo frenar.
El periodista se planteó por enésima vez si la maldición del Chudovishche se trataba de algo real. Como lo era el reguero de muertes asociadas a él durante los últimos años; un dato que, sin embargo, nadie conocía con exactitud. Todo lo relacionado con esa leyenda se desvanecía como la misma bruma de la que parecía nacer. No obstante, después de muchos esfuerzos, Antónovich había logrado identificar cinco fallecimientos en circunstancias similares a las de Mollensko, cinco muertes que, en un lapso de cuatro años, habían sido misteriosamente ignoradas por las autoridades locales.
El periodista tenía que averiguar lo que estaba sucediendo. O, más bien, confirmar lo que sospechaba desde hacía tiempo. Y aquella podía ser la ocasión perfecta.
No redujo la velocidad a pesar de que se dirigía hacia una difusa amenaza, dejando atrás la presencia de los lugareños. A su espalda desapareció por fin el último destello de las teas que esos hombres portaban, una luz que cedía al paisaje opaco de árboles cuyas siluetas hostigaban al periodista conforme se adentraba en la espesura sobre su moto. Un jinete solitario. El bosque lo recibía con su abrazo sombrío y, mientras Antónovich se dejaba envolver por aquella atmósfera, la civilización se le antojó demasiado lejana. Tuvo miedo.
Percibía a su alrededor el aura del Chudovishche. Quiso achacarlo a la sugestión, pero, en el fondo, su escepticismo empezaba a perder solidez.
Un tercer grito, muy próximo, le orientó cuando ya comenzaba a perder el rumbo. Y fue precisamente entonces, al abandonar el camino para seguir la nueva dirección entre los árboles, cuando durante unos segundos se cruzó con aquello.
La visión le dejó sin aliento, pero su pasado de corresponsal de guerra activó su instinto como un acto reflejo: al tiempo que frenaba, una de sus manos acertó a presionar el disparador de la cámara cuando estaba a punto de perder el equilibrio; cayó al suelo y la moto lo arrastró durante varios metros. A continuación, solo el silencio roto por sus jadeos.
Antónovich tardó en recuperar el aplomo. Minutos después de que esa criatura ―tan real como él, se repetía entre balbuceos― hubiese desaparecido, todavía permanecía en el suelo. Quieto, sobrecogido.
Su mano aún sostenía Nikon con pulso tembloroso. Casi no se atrevía ni a respirar. El vaho brotaba de su boca lentamente.
¿Había sucedido de verdad?
Comprobó en la pantalla de la cámara el fruto de su reacción de profesional, aunque no hubiera hecho falta; en su retina habían quedado grabadas las pupilas del monstruo con una nitidez insuperable.
Porque eso le había mirado. El periodista estaba seguro. Durante una fracción de segundo, los ojos de Sergéi Antónovich se habían cruzado con los del legendario Chudovishche.
Porque tenía que tratarse de aquel ser. Su aspecto coincidía con el que le atribuían los rumores, sorprendentemente fieles a la realidad, como acababa de comprobar.
El periodista contemplo su propio reflejo en un charco de hielo, absorto. Era el primer testigo que vivía para contarlo. ¿Por qué?
¿Qué había salvado su vida? Tal vez el haz del faro de su moto había cegado a esa criatura de naturaleza híbrida, medio humana y medio animal.
Un apagado ronroneo llegó entonces hasta Antónovich, despertándolo de su ensoñación. Identificó aquel murmullo: un motor. ¿Se aproximaba un vehículo?
Acarició su pistola. Tenía que largarse de allí. Resultaba todo tan extraño…

4 comentarios:

  1. No suelo leerme los primero capítulos, pero de momento que pueda me leeré este libro.

    ¡¡Un besito!!

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  2. Todos los domingo, pondré primeros capítulos, asi que, si alguno te gusta ¡Leelo! Los elijo yo misma

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  3. no perdona, eso yo ya lo hacía desde hace mucho tiempo

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