¿Por qué leer? Porque cada vez que lees un libro, un árbol sonríe al ver que sí hay vida después de la muerte. Sabes que un libro es interesante cuando pasas las páginas sin darte cuenta. Leer, la forma más barata de viajar.

domingo, 20 de mayo de 2012

Primeros Capítulos: La Probabilidad Estadística del Amor a Primera Vista

Siento haber tardado tanto en poner una reseña, pero mañana o pasado mañana pondré la de Luzazul

¿Desde cuándo son puntuales los aviones a la hora de despegar?

Hadley ha llegado cuatro minutos tarde, lo que, bien pensado, no parece mucho: una pausa para la publicidad, el descanso entre dos clases, el tiempo que lleva calentar un plato precocinado en el microondas. Cuatro minutos son nada. Cierra los ojos solo un instante y, cuando los vuelve a abrir, el avión ha desaparecido.

Los caprichos del destino y las casualidades de la vida son el motor de esta conmovedora novela sobre lazos familiares, segundas oportunidades y primeros amores. Desarrollada a lo largo de 24 horas, la historia de
Hadley y Oliver nos convence de que el amor verdadero puede aparecer en nuestras vidas cuando menos lo esperamos.


Prólogo




Podía haber salido de mil maneras distintas.
Por ejemplo, si no se hubiera olvidado el libro, no habría tenido que volver a entrar corriendo en casa mientras su madre la esperaba fuera con el coche en marcha, mientras del tubo de escape salía una nube de humo que se fundía con el calor del atardecer.
O incluso antes. Si no hubiera esperado hasta el último momento para probarse el vestido, entonces se habría dado cuenta antes de que los tirantes eran demasiado largos y su madre no habría tenido que sacar su viejo costurero y convertido la encimera de la cocina en una mesa de operaciones en un intento desesperado por salvar la vida a aquel triste trozo de tela color lavanda en el último minuto.
O más tarde: si no se hubiera cortado con el papel mientras imprimía su billete, si no hubiera perdido el
cargador del móvil, si no hubiera habido atasco en la carretera al aeropuerto. Si no se hubieran pasado el desvío o no se hubiera hecho un lío con monedas en el peaje y estas no se hubieran caído debajo
del asiento mientras los conductores de detrás protestaban haciendo sonar el claxon.
Si la rueda de la maleta no hubiera estado torcida.
Si se hubiera dado un poco más de prisa en llegar a la puerta de embarque.
Aunque tal vez habría dado lo mismo.
Tal vez hacer recuento de todos los retrasos de aquel día era inútil, porque si no alguna de esas, habría sido cualquier otra cosa: el tiempo en el Atlántico, lluvia en Londres, nubes que amenazan tormenta en Nueva York durante una hora antes de proseguir su camino. Hadley no cree demasiado en cosas
como el destino o la fatalidad, pero lo cierto es que tampoco ha creído nunca demasiado en la puntualidad de las líneas aéreas.
Y de todas maneras, ¿cuántos aviones despegan a su hora?
Nunca en su vida ha perdido un vuelo. Ni una sola vez.
Pero cuando esta tarde llega por fin a la puerta de embarque se encuentra a los auxiliares de vuelo cerrando el acceso y apagando los ordenadores. El reloj de la pared marca las 18.48 y justo detrás de la ventana puede verse el avión como una gigantesca fortaleza de metal; por la expresión de las caras de los presentes queda claro que nadie más va a embarcar.
Ha llegado cuatro minutos tarde, lo que, bien pensado, no parece mucho; una pausa para la publicidad, el descanso entre dos clases, el tiempo que leva calentar un plato precocinado en el microondas. Cuatro minutos no es nada. Todos los dias en todos los aeropuertos del mundo hay personas que suben al avión en el último momento, jadeando cuando colocan su equipaje en los compartimentos superiores y se dejan caer en sus asientos con un suspiro de alivio mientras el aparato enfila la pista de despegue rumbo al cielo.
Pero no Hadley Sullivan, que suelta distraída su mochila mientras permanece de pie junto al ventanal,
mirando al avión alejarse de la rampa con forma de acordeón, los motores de las alas rotando cuando se dirige hacia la pista de despegue sin ella.
Al otro lado del océano, su padre está haciendo el último brindis y los empleados del hotel pulen con guantes blancos la plata para el banquete de mañana. Detrás de ella, el chico que tiene el asiento 18 C para el siguiente vuelo a Londres se está comiendo un dónut glaseado, ajeno a la mancha de azúcar que este ha dejado en su camisa azul.
Hadley cierra los ojos solo un instante y cuando los vuelve a abrir el avión ha desaparecido.
¿Quién habría imaginado que cuatro minutos lo cambiarían todo?

1
18: 56, HORA DEL ESTE DE ESTADOS UNIDOS
23: 56, HORA DEL MERIDIANO DE GREENWICH

Transcrito por Mary Ann♥


Si eres claustrofóbico, los aeropuertos son cámaras de tortura.

No es solo la inminencia del viaje —apretujados en asientos como sardinas en lata y después catapultados en el aire dentro de un estrecho tubo de metal—, también las terminales, la gente con prisa, la confusión propia del lugar, un zumbido agitado y vertiginoso, todo ruido y movimiento, todo frenesí y clamor, y todo ello encerrado en ventanas de cristal, como en una suerte de monstruosa jaula de grillos.

Esa es sola una de las muchas cosas en las que Hadley procura no pensar mientras espera de pie ante el mostrador de ventana de billetes sintiéndose tonta. Fuera, la luz empieza a desvanecerse y su avión ya sobrevuela algún punto del Atlántico, mientras en su interior algo se desinfla, como cuando un globo empieza a perder aire lentamente. En parte se debe a la inminencia del vuelo, en parte al aeropuerto en sí, pero sobre todo —sobre todo— es que se da cuenta de que no va a llegar a una boda que ni siquiera quiere ir, y hay algo en esta jugarreta del destino que le da ganas de llorar.

Los auxiliares de vuelo se han reunido al otro lado del mostrador y la miran con gesto impaciente. La pantalla a sus espaldas ya anuncia el siguiente vuelo de JFK a Heathrow, que no sale hasta dentro de más de tres horas, y por su expresión cada vez resulta más evidente que Hadley es lo único que se interpone entre ellos y el final de su turno.

—Lo siento, señorita —dice una de ellos con un suspiro de impaciencia mal disimulado—. Lo único que podemos hacer es tratar de conseguirle un billete para el próximo vuelo.

Hadley asiente sin entusiasmo. Ha pasado las últimas semanas deseando que esto ocurriera, aunque lo cierto es que las circunstancias que había imaginado y que le habrían impedido volar resultaban bastante más trágicas: una huelga general; una gripe gravísima o incluso paperas. Todas ellas razones perfectamente aceptables que justificarían que no acompañara a su padre al altar para casarse con una mujer a la que Hadley ni siquiera conoce.
Pero perder el avión por cuatro minutos suena demasiado ridículo, sospechoso incluso, y Hadley no está segura de que sus padres —ninguno de los dos— entiendas que no ha sido culpa suya. De hecho, mucho teme que lo ocurrido pasará a engrosar esa cortísima lista de cosas sobre las que ambos parecen estar de acuerdo.

Había sido idea suya saltarse el ensayo y llegar a Londres la mañana misma de la boda. Hadley lleva más de un año sin ver a su padre y no está segura de ser capaz de sentarse en una habitación con todas las personas importantes en la vida de este —sus amigos y colegas, el pequeño mundo que se ha construido al otro lado del océano— mientras brindas por su salud y su felicidad, por el comienzo de una nueva vida. Si de ella dependiera, ni siquiera iría a la boda, pero sobre eso no ha habido negociación posible.

—Sigue siendo tu padre —no había cesado de recordarle su madre, como si se tratara de algo que Hadley pudiera olvidar—. Si no vas, lo lamentarás más tarde. Sé que es difícil imaginarlo cuando se tiene diecisiete años, pero créeme: ese día llegará.

Sin embargo, Hadley no está tan segura.

La auxiliar de vuelo está concentrada en el teclado de su ordenador con una suerte de intensa ferocidad, pulsando teclas mientras habla:

—Ha habido suerte —dice levantando las manos en un gesto teatral—. Puedo meterla en el vuelo de las 22:24. Asiento 18 A Ventanilla.

Hadley tiene casi miedo de preguntar pero lo hace:
—¿A qué hora llega?

—A las 9.54 —dice la azafata—. Mañana por la mañana.

Hadley piensa en la delicada caligrafía de la invitación de boda impresa en una gruesa cartulina color marfil que ha estado meses en su vestidor. La ceremonia es mañana al mediodía, lo que significa que, si todo marcha como debería —el cuelo, el control de pasaportes, los taxis y el tráfico, todo coreografiado a la perfección— todavía puede llegar a tiempo. Por los pelos.

—El embarque será por esta misma puerta a partir de las 21:45 —dice la auxiliar entregándole la documentación, que está cuidadosamente ordenada dentro de una pequeña funda marrón—. Que tenga un estupendo vuelo.

Hadley camina poco a poco hacia las ventanas e inspecciona las monótonas hileras de sillas grises, la mayoría ocupadas y el resto con las costuras reventadas y dejando ver un relleno amarrillo como osos de peluche degastados por un exceso de mimos. Coloca su mochila sobre la maleta con ruedas y busca en ella su móvil, después desplaza el dedo por los contactos hasta encontrar el teléfono de su padre. Este figura simplemente como el <<profesor>>, una etiqueta que le adjudicó alrededor de un año y medio atrás, cuando supo que no regresaría a Connecticut y la palabra padre se convirtió en un recordatorio poco grato cada vez que abría el móvil.

El corazón se le acelera cuando escucha el tono de llamada; aunque la sigue llamando con cierta frecuencia, ella probablemente no ha marchado su número más allá de unas cuantas veces. En Londres es casi medianoche y cuando su padre por fin contesta tiene la voz espesa, como lastrada por el sueño o el alcohol. O tal vez por ambas cosas.

—¿Hadley?

—He perdido el vuelo —dice adoptando el tono brusco que le sale de forma natural cada vez que habla con su padre estos días, un efecto secundario del rechazo que le inspira últimamente el comportamiento de este.

—¿Qué?

Suspira y repite la frase:

—He perdido el vuelo.

Al fondo se escucha la voz de Charlotte murmurando y algo se enciendo en su interior, una súbita oleada de furia. A pesar de los empalagosos correos electrónicos que esta mujer ha estado enviándole desde que su padre le propuso matrimonio —repletos de planes de boda, de fotografía de su viaje a París y de ruegos para que participe, todos terminados con un exaltado <<miles de besazos y abrazos>> (como su un beso y un abrazo no fueran suficiente)—, hace exactamente un año y noventa y seis días que Hadley decidió odiarla y hará falta algo más que una invitación a ser dama de honor para que cambie de opinión.

—Bueno —dice su padre—. ¿Has conseguido billete para otro?

—Sí, pero no llega hasta las diez.

—No, de la noche. Voy a ir en cohete.

Su padre ignora el comentario.

—Eso es demasiado tarde. Demasiado justo para la ceremonia, no me va a dar tiempo a ir a buscarte —dice, y se escucha un sonido ahogado mientras tapa el auricular para susurrar algo a Charlotte—. Igual podemos enviar a la tía Marilyn a que te recoja.

—¿Quién es la tía Marilyn?

—La tía de Charlotte.

—Tengo diecisiete años —le recuerda Hadley—. Me parece que seré capaz de coger un taxi hasta la iglesia.

—No sé —dice su padre—. Es la primera vez que vienes a Londres…
Su voz se apaga y a continuación se aclara la garganta.

—¿Crees que a tu madre le parecerá bien?

—Mamá no va a estar —responde Hadley—. A ella le tocó la primera boda.

Hay silencio al otro lado de la línea.

—No pasa nada, papá. Te veo mañana en la iglesia. Con un poco de suerte no llegaré demasiado tarde.

—De acuerdo —contesta su padre con voz suave—. Tengo muchas ganas de verte.

—Sí —se limita a replicar Hadley, incapaz de decirle que ella también a él—. Hasta mañana.

Hasta que cuelga no se da cuenta de que ni siquiera le ha preguntado cómo ha sido el ensayo. El caso es que no está segura de querer saberlo.

Durante un largo instante se queda allí de pie, apretando el teléfono firmemente con la mano tratando de no pensar en todo lo que espera al otro lado del océano. El olor de mantequilla que desprende un bollo cercano le está empezando a dar náuseas y lo único que quiere es sentarse, pero la puerta de embarque se encuentra atestada de pasajeros procedentes de otras zonas de la terminal. Es el fin de semana del cuatro de julio y los mapas meteorológicos en las pantallas de televisión muestran un patrón circular de tormentas emborrando gran parte del Medio Oeste. La gente se ha desperdigado, adueñándose de secciones de las zonas de embarque como si tuvieran intención de instalarse allí para siempre. Las maletas ocupan asientos y vacíos y hay familias acampadas por las esquinas y bolsas grasientas de McDonald’s repartidas por el suelo. Mientras pasa por encima de un hombre que duerme apoyado en su mochila, Hadley tiene la impresión de que el techo y las paredes se cierran a su alrededor, percibe la aglomeración de gente y tiene que hacer esfuerzos por respirar.

Cuando por fin divisa un asiento vacío se apresura a dirigirse hacia él, maniobrando con su maleta

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