¿Por qué leer? Porque cada vez que lees un libro, un árbol sonríe al ver que sí hay vida después de la muerte. Sabes que un libro es interesante cuando pasas las páginas sin darte cuenta. Leer, la forma más barata de viajar.

domingo, 13 de mayo de 2012

Sábado con capítulos #4: Heredero de Hadas

Sofía parece una adolescente como cualquier otra. Va al colegio, tiene amigas y está enamorada del chico que todas quieren conquistar. Sus padres están separados y en su casa mandan unas tías excéntricas.
Hasta que una noche tiene una pesadilla: ella está ahogándose. Adentro de una perla transparente. En las profundidades del océano. Frente a la mirada de treinta y tres dragones de mar.
Es tiempo de revelaciones. Es tiempo de despertar...












1
 


Los dragones emergieron como inmensas ballenas. Por un instante sus poderosos cuerpos se suspendieron fuera del mar, giraron y se zambulleron detrás de ella con estruendos. La entrada al agua fue perfecta.
El cielo voluptuoso, el viento cortante, el frio que entumecía sus huesos, todo desapareció en la calma del océano. Verde frio, celeste denso, azul profundo, el mar más allá de la superficie se parecía mucho al espacio en el que caminan los astronautas. Las estrellas eran las pequeñas partículas que reflejaba el cielo iluminado de relámpagos, allá arriba. Las burbujas eran planetas que giraban sobre sí mismos mientras se precipitaban hacia la superficie. Cualquiera hubiera sentido la tentación de ascender, de llenar los pulmones antes de seguir. Pero Sofía no necesitaba el aire. Se dio vuelta para asegurarse de que los enormes dragones la seguían y se lanzó como una flecha hacia los abismos.
“No me alcanzarán fácilmente”, sonrió y puso atención en el inmenso universo que se abría delante de ella. Un cardumen de arenques se dividió para dejarla pasar.
Llegó a una zona donde la luz apenas se percibía. Se detuvo, moviendo los brazos. Sintió la vibración en su piel: los dragones estaban cerca. Reemprendió el juego, disparándose en línea recta, con el lejano techo de olas sacudido por el viento.
La primera cabeza de dragón la alcanzó cuando la lluvia perforó el mar. Podría escuchar con su piel el golpeteo de las gotas sobre el océano. Miró a sus lados y extendió los brazos, aminorando la marcha. A la izquierda, una hembra le guiñaba un ojo del tamaño de su mano. A la derecha, un macho joven, seis veces más grande que Sofía, se movía como una serpiente. Con la punta de sus dedos extendidos rozó las cabezas duras y brillantes pero cálidas como piedras al sol. Los cuellos largos estaban cubiertos de escamas azules pegadas unas a otras con tanta precisión que parecían talladas en una sola pieza. Se agrandaban al llegar al lomo y se hacían pequeñas en las patas. Las zarpas fuertes y macizas terminaban en garras filosas del tamaño de un pie humano. Las colas largas se sacudían de manera diferente en cada dragón, un sello distintivo que relataba historias, batallas libradas y el amor que los había marcado.
Seguían a Sofía como si fuera la guía de una bandada migratoria. Ella apretó las manos contra sus muslos y se impulsó con los pies hasta la superficie. Saltó fuera del agua y recibió el cosquilleo de las gotas de lluvia. Los dragones, detrás de ella, reflejaban los relámpagos de la tormenta.
Se sumergieron, salieron, volvieron a sumergirse, cosiendo las profundidades con extensos hilos de espuma. Arriba el frio de la tormenta aumentaba y las gotas golpeaban con fuerza. Abajo, el sonido amortiguado, la calidez del agua, la caricia del mar.
Giraron y produjeron un embudo de agua que señaló algún lugar distante en la oscuridad del abismo. Hacia allí se dejaron arrastrar. Tan profundo que nada podía verse, salvo el círculo iluminado por los ojos brillantes de aquellas criaturas, llenas de fuego interior.
Un dragón anciano se puso debajo de Sofía para que se sentara en su grupa. Extendió las alas y planeó en aquel cielo de aguas profundas; su panza casi rozó el fondo marino, iluminado como un atardecer.
Treinta y tres dragones, de todas las edades y tamaños, se reunieron para danzar, imitando al viejo, abriendo sus enormes fauces y dejando que su fuego calentara el agua.
Sofía desmontó y bailó entre ellos, líder de los seres más majestuosos que hubiera visto jamás.
Sonrió mientras giraba, y se encendió como una estatua de cristal iluminada por dentro. Siguió danzando al compás del canto de los dragones y sintió el agua haciéndose densa a su alrededor, como miel.
Abrió los ojos sorprendida. Con cada vuelta le costaba más moverse. Ya no podía estirarse. Se asustó y respiró instintivamente. Una bocanada de miel ingresó en sus pulmones. No se ahogó, pero su pecho se negaba a moverse, henchido de melaza submarina.
Los dragones bailaban mientras calentaban el mar, ignorando a Sofía. A su alrededor se formaba una burbuja densa, amarilla, compacta. Quiso gritar, llorar, nadas hacia la libertad, pero no pudo.
Poco a poco la esfera fue cerrándose sobre sí misma.
Sofía era un mosquito encerrado en una perla transparente que la obligaba a encogerse como un bebé dentro del útero.
Los dragones danzaron hasta que ya no pudo moverse.
Entonces se fueron, abandonándola en aquella meseta con luces extrañas, ajenas a la profundidad del mar.
Y como si se tratara de una película pasada a toda velocidad, vio entrar y salir peces, ballenas, seres de todas las especies conocidas y desconocidas.
Quiso gritar.
Lo intentó una vez.
Y otra.
Y otra.

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