¿Por qué leer? Porque cada vez que lees un libro, un árbol sonríe al ver que sí hay vida después de la muerte. Sabes que un libro es interesante cuando pasas las páginas sin darte cuenta. Leer, la forma más barata de viajar.

domingo, 22 de julio de 2012

Primeros Capítulos: ¡Quiero un príncipe, no una rana!

Cassie, una quinceañera tremendamente tímida, está convencida de que nunca conseguirá salir con un chico. Y encima su madre es hipersensible y su hermana una chica guapísima. Menos mal que tiene dónde apoyarse: su amiga Ruth y, cómo no, todas esas revistas que devora con ansiedad para saber qué hay que hacer para estar a la última o cómo conseguir encontrarse con ese príncipe azul que algún día se cruzará en su camino. Pero ¿podemos estar seguras de que las revistas dicen la verdad y nada más que la verdad?...

1
¡QUIERO QUE ME DIGAN GUAU!


Tiré la revista al suelo, disgustada. Acababa de leer un artículo de mi 
revista preferida, Girl Power, con el tema siguiente: «¿Qué estarías 
dispuesta a hacer para cazar a un chico?»(La respuesta es que 
prácticamente de todo) y, a pesar de mis pesares, me sorprendí a mi 
misma meditando sobre como robarle a Greg a mi amiga Ruth.
“¡Cáspita Cassie! —pensé mirando fijamente mi cara llena de granos en el espejo de al lado de la cama —ningún chico vale tanto como para perder a tu mejor amiga.”
Estudie con atención los granos de mi barbilla. ¿Cómo era posible que una pobre quinceañera hiciera todo lo necesario por su propia piel, y le salieran granos de todas maneras? No comía chocolate desde hacia semanas (bueno… desde hacia una semana). Use crema limpiadora, exfoliante y tónico hasta volverme casi lila y me aplique verdaderas mascarillas de Blitz, la crema cuyo efecto no dejaba de destacar Girl Power. Y a pesar de todo, tenia una cara sobre la que aterrizaría con cualquier astronauta, confundiéndola con el lado oculto de la luna.
Para colmo de males, mi querida mamaíta no dejaba de repetirme en un tono desconsolado.
—Pero,cariño, hasta que empezaste a utilizar todas esas cremas y lociones no habías tenido granos. Estoy segura que no hacen más que empeorar las cosas.
¿Ah, si? ¿Y ella que sabía? ¿Cuándo había leído ella una revista para chicas trendy?
Así es como me habría gustado ser, una trendy. Es decir alguien que
no sigue la moda, sino que la precede. Habría sabido exactamente que ponerme y cuando ponérmelo.
A los chicos se les habría caído la baba con tan solo mirar las largas 
uñas de mis pies, pintadas de azul zafiro, y todas las chicas me habrían querido como huésped de honor en sus fiestas. Si fuera realmente trendy, no tendría la cara llena de agujeros y no llevaría pantalones vaqueros sin marca, y no atormentaría dudando entre guardar la paga para comprarme una sudadera naranja o un impermeable plateado. De haber sido una chica trendy, no me habría pasado la mañana del sábado sola en mi habitación, contemplando mis granos.
—¡Cassie, Cassie! ¡Cariño! —Estaba a punto de caer en la tentación de reventarme el mas gordo de los dos granos que tenia en la barbilla, cuando la voz de mi madre, que evidentemente estaba subiendo por la escalera, llego hasta mi—. ¡Cassie! ¿Estas ahí?
Naturalmente sabía muy bien que yo estaba en mi habitación, porque me había visto mientras subía por la escalera, arrastrándome con aire cansino, después de desayunar. ¿Acaso pensaba que me habría escurrido por la canaleta del tejado para presentar corriendo mi nuevo show en el canal MTV?
Abrí la puerta lo justo para asomar mi nariz y dije a regañadientes, con la esperanza de que esa fuera la actitud apropiada para una chica trendy:
—¿Si?
—Acabo de hacer café. ¿Quieres tomar una taza antes de que me vaya al estudio para mis lecciones? Como siempre, intentaba husmear en mi habitación a través de lo poco que se vislumbraba desde la puerta entreabierta. Desde luego, a veces es agobiante. No le gusta que me compre revistas para chicas. («¡Es un derroche tal de dinero, cariño!») Y encuentra siempre una excusa para hacerme tirar los ejemplares viejos que guardo con amor. ¡No quiere entender de ningún modo que podrían contener la clave de mi futuro éxito!
La seguí y baje por la escalera con ella, intentando andar de 
modo elegante, como aconsejaban en una de mis revistas. Pero tropecé en el último escalón, y me caí encima de ella al entrar en la cocina. De modo que se acabó lo de andar de modo elegante.
—¿Va todo bien, cariño? —pregunto.
—¡Claro que si! 
Me puse tan colorada que mis mejillas estaban a punto de explotar. Vaya. Hubiera sido mejor comprar las verdaderas KangaRoos en vez de estos zapatos de cuatro duros. Habrían sido más trendy.
Mama me sirvió una taza de café.
—¿te ha dicho papa que la semana que viene Elsa vuelve a casa por un par de días?
Elsa es mi hermana mayor. Es modelo y extremadamente guapa. ¿Os podéis imaginar lo que significa tener una hermana mayor así? Imaginaos que:
1. Es alta.
2. Es delgada.
3. Tiene las piernas largas.
4. Lleva unos vestidos que son una locura.
5. Calza zapatos muy bonitos.
6. Los chicos hacen cola para salir con ella.
7. Ha sobrevivido a la adolescencia.
8. Salió una vez por televisión.
9. Sabe francés y hasta un poco de italiano.
10. Tiene un coche deportivo para ella solita.
Lo único que no tiene es una cara llena de granos. Lo cual es una 
verdadera injusticia. Antes de volverme verde del todo por la envidia, 
conseguí salir de la nube negra de mis pensamientos y aterrice otra vez en la cocina.
—¿Cassie? ¿Me has oído? Elsa vuelve de París la semana que viene. Creo haber entendido que tiene un casting para una casa de cosméticos de Londres. Puede que firme un nuevo contrato… ¿No seria fantástico?
¿Que decía de las injusticias? Elsa podría haber sido una modelo normal; pero no: era una top-model.
—Sí, es fantástico. Desde luego.


Bueno, por lo menos podía haber hecho que me regalaran alguno de sus cosméticos. Y hasta escatimar algo entre su ropa de «último grito». No me interpretéis mal: es buena gente. Menos cuando una va a las fiestas y ve que los chicos se acercan por un solo motivo: porque han oído decir que tu hermana mayor es modelo, y esperan que un día de estos se la presentes...
Tras un segundo intento de renegar de mi envidia y relegarla a la parte más recóndita de mi cerebro, me di cuenta de que mi madre acababa de ponerse paranoica.
—¡Cielo santo, mira qué hora es! —dijo, echando una mirada perdida a su Swatch (qué ridículos resultan los padres cuando intentan ir a la moda). Puso la taza en el fregadero, para luego aferrar una enorme bolsa—. ¡Dentro de veinte minutos tengo a quince niños de cuatro años y he de pasar a recoger a Mildred! Nos vemos luego. ¡Adiós, cariño!
Y salió pitando hacia a su automóvil amarillo, aparcado delante de casa.
Os preguntaréis a qué se dedica mi madre, los sábados por la mañana, con quince niños de cuatro años y una mujer llamada Mildred. Pues bien, mamá es profesora de ballet clásico, y Mildred (que tiene ciento cuatro años) es su pianista. De modo que no solo tengo una maravillosa hermana mayor, sino que además también tengo una madre a la que le sientan maravillosamente losmaillots. Una madre en óptima forma, a pesar de ser cuarentona, hasta el punto de que, a veces me preguntan si tengo otra hermana mayor. ¡Aagh! 
Yo también estudié ballet clásico, durante años. Llegué incluso a ir a las clases de ballet todas las tardes y todos los sábados por la maña. Hice tantos «ensayos finales» que la idea de bailar sobre un escenario ya no me ponía nerviosa. Y luego, hace unos seis meses más o menos, me di cuenta de que ya no me importaba nada el ballet. No quería saber nada más de músculos doloridos. Ni de ir de una lección a otra con profesores diferentes, para después tener que hacer las tareas a las ocho de la tarde, todos los días. De modo que le dije a mamá que ya no quería saber nada del ballet. Naturalmente ella no se lo esperaba, pero tengo que admitir que reaccionó con mucha tranquilidad.
—Está bien —dijo—. Si es lo que quieres, está bien.
Fueron mis profesores los que me atormentaron. No pararon de repetirle a mi madre que tenía un gran talento y que era una lástima y cosas por el estilo. Pensaban que era muy buena y que me convertiría en una bailarina profesional, pero no querían darse cuenta de que ya no me divertía.
El problema era que todos ellos conocían mi situación familiar. No solo mi madre es profesora de ballet clásico; mi padre también es brillante. Apuesto a que no adivinaríais nunca a qué se dedica, ni en un millón de años. Mi padre trabaja en uno de los grandes teatros de Londres. Es director teatral y vive rodeado de actores y bailarines. Mis padres no hacen más que ir a fiestas tras sus estrenos teatrales, y a veces invitan a gente famosa. Sé que explicado de este modo parece fantástico, pero pensad bien en ello. ¿De verdad creéis que os gustaría conocer a un famoso actor de televisión cuando tenéis un grano tan grande en vuestra nariz como un autobús de dos pisos? ¡Intentad entenderme!
Con una familia como la mía, debería ser una verdadera adolescente: como mínimo una rebelde con una causa por la que luchar. O algo por el estilo. Y en cambio, tengo casi dieciséis años (me falta un mes) y soy terriblemente tímida, no he fumado nunca, no bebo y nunca he estado con un chico. Decidme, ¿qué he hecho mal?
Mientras meditaba sobre todo esto me puse los guantes de goma y empecé a lavar los platos del desayuno. Qué triste, tener que lavar los platos un sábado por la mañana. ¡Cielo santo, nadie me había pedido que lo hiciera! ¡Y lo peor es que tenemos lavavajillas! Estaba disgustada conmigo misma. ¡Despierta, Cassie!
Solo había algo que pudiera hacer: ir directamente a casa de Ruth en busca de un poco de movimiento. Para empezar, mi mejor amiga podía darme su opinión sobre el vestido que me había comprado por si Tiffany me invitaba a la fiesta de su decimosexto cumpleaños. Tiffany es una chica espantosamente segura de sí misma; es tan gélida que cuando respira emana una niebla helada. Tiene un pelo espléndido, vestidos fantásticos... bueno, todo lo que tiene o hace es fantástico. De modo que, muy probablemente, su fiesta también será fantástica. De acuerdo, está bien, no me había invitado; pero todavía tenía esperanzas. Por eso había gastado la mayor parte de mis sudados ahorros para comprarme unos pantalones de pitillo al último grito y un pequeño top a juego. 
De modo que primero me precipité hacia mi habitación para cambiarme al vuelo y después fui a la habitación de mis padres para estudiar mi figura en su espejo. Eh... Vaya, eran unos pantalones realmente ajustados. Tiré del top para intentar hacerlo llegar hasta el cinturón, ya que no estaba nada segura de querer mostrar mi estómago al mundo. Pero Loock (otra de mis revistas favoritas, realmente fundamental porque me tiene al corriente de todo lo que es el último grito) decía que era lo más trendy del momento, así que... bueno, estaba dispuesta a ello.
Me puse la cazadora vaquera (¿me hacía más gorda o era una impresión mía?) y salí en dirección a la casa de mi amiga. Si se tiene ganas de un poco de marcha un sábado por la mañana, no hay un sitio mejor. Por lo menos, Ruth tiene dos hermanos mayores con un montón de amigos guapos.

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