¿Por qué leer? Porque cada vez que lees un libro, un árbol sonríe al ver que sí hay vida después de la muerte. Sabes que un libro es interesante cuando pasas las páginas sin darte cuenta. Leer, la forma más barata de viajar.

domingo, 8 de julio de 2012

Primeros capítulos: Será Hermoso Morir Juntos

Este libro estuve a punto de comprármelo pero al final elegí el libro de Despierta de Beth Revis.

¿Qué pasaría si la hija de un juez se cruzara en el camino de un joven mafioso? ¿Y qué pasaría si se enamorasen a pesar de que su relación estuviese condenada desde el principio? Bianca, de 18 años, se desplaza con su padre a vivir a una ciudad del sur de Italia, donde él investigará una red ilegal de tráfico de residuos tóxicos. A cargo de la red está Manuel, que con solo 19 años es un prometedor miembro del clan mafioso de los De Giacomo. Bianca y Manuel se conocen en el instituto, donde los dos estudian bachillerato artístico. Ambos comparten una vida marcada por la soledad, algo que se convertirá en el detonante de su historia de amor. Pero pronto empiezan los problemas y se verán obligados a tomar decisiones difíciles.





Prólogo

Querido Daniele:

Si todavía estuvieras aquí conmigo, me dirías que no me fuera.
Me dirías que no me dejase llevar por la tristeza porque la vida es corta y, vayamos donde vayamos, siempre seremos los mismos.
Pero yo no soy como tú.
Pienso cada día en la última noche que nos vimos. Yo te grité por culpa de esa música absurda que a ti tanto te gustaba y que a mí en cambio me recordaba un concierto de sartenes y chatarra. Yo te grité, tú te marchaste y nunca más nos volver. Sin más.
Ahora, lo único que te queda de mí son mis insultos, a los que quizá ya te habías acostumbrado. Por eso necesito decirte las cosas que nunca te dije. Las que no supe decirte porque entonces tenía más que dieciséis años y pensaba que tendríamos todo el tiempo del mundo. Pensaba que lo nuestro sería un .
Cada vez que pienso en tí me acuerdo de esa música. He traducido todas las letras y me pregunto qué será lo que sucede en el lado oscuro de la luna. Es cierto. Detrás de la fachada luminosa y romántica que nosotros vemos, no hay más que tinieblas. Estoy convencida de que es así.
Pero la oscuridad está bien. No te ciega, no te hace creer que el mundo es de colores.
Y lo de marcharse también está bien. He metido poquísimas cosas en la maleta, no quiero que los recuerdos me sigan. Me encantaría llevarme la Vespa conmigo, pero el viaje es demasiado largo. Me gustaría que me acompañases, pero eso también es imposible.
Por eso voy a coger la vida como venga, con la esperanza de que deje de hacerme tanto daño.



Capitulo 1



—Ya sabes de qué va esto. Tú aceptas. Sin rechistar. Nosotros nos ocuparemos del transporte y de la excavación, y luego te entregamos el dinero. Tus tierras volverán a estar como antes, no se notará nada.
El hombre, bajo y moreno, de rostro curtido por el sol y por el tiempo, escrutó a Angelo con desconfianza. Luego contempló por un instante la tierra, oscura, salpicada de olivos, y negó despacio con la cabeza.
—¿Qué es lo que no te parece bien, eh? —le urgió Angelo con voz alterada. Con solo veintidós años tenía el tono grave y ronco de los que acostumbran a fumar y gritar. Su cuerpo nervioso no soportaba la falta de acción. Incluso cuando tenía que permanecer quieto a la espera, no podía dejar de balancearse sobre los pies con impaciencia.
El hombre volvió a negar con la cabeza.
—Quiero el dinero cuanto antes.
Angelo se echó a reír y miró por encima del hombro. A poca distancia de ellos dos, a la entrada del camino que llevaba a la finca, estaba estacionado un enorme todoterreno negro, manchado del polvo del campo. Apoyado en una de las puertas estaba un chico de pelo oscuro con las piernas cruzadas, aparentemente más joven que Angelo. Llevaba vaqueros y camiseta, daba la impresión de que estuviera a punto de echar a correr detrás de un balón en mitad de aquellos campos con olor a flores y a tierra recién arada-
En lugar de eso, devolvió la mirada a Angelo y alzó levemente el mentón, en una actitud más adulta de lo que aparentaba.
—Un trato es un trato, viejo estúpido —exclamó Angelo con una sonrisa que en un instante se había convertido en una mueca torcida. Se echó mano al bolsillo trasero del pantalón, donde tenía la pistola. Sentía palpitaciones en los dedos.
—Mi mujer tiene que hacerse la operación cuanto antes —insistió el viejo—. No puedo esperar, no hay tiempo.
Angelo ignoró el tono suplicante y las lágrimas asomaban a los ojos del agricultor. Siempre la misma historia. Todos tenían algún asunto que resolver, todos querían el dinero de inmediato. Pero ninguno tenía la mínima idea de lo que significaba manejar un negocio como aquel. Angelo no podía fiarse de nadie.
Sacó la pistola y apuntó al viejo en la sien. Éste se irguió al instante.
—Vamos a ver si así te convenzo. Voy a abrirte un agujero en la cabeza y a meterte dentro una idea muy simple: nosotros no pagamos por adelantado.
—¡Angelo! —gritó el chico junto al coche, enderezándose.
—¡Métete en tus asuntos! —chilló Angelo a modo de respuesta—. Estoy hasta las narices de tratar con estos pedigüeños. Carguémonoslos a todos y quedémonos con sus tierras —añadió, mientras apretaba el cañón de la pistola contra la sien del agricultor—. ¿Qué me dices? ¿Te parece bien? Os mando a ti y a tu mujer derechitos al otro barrio, así vosotros resolvéis vuestros problemas y nosotros, los nuestros.
El hombre, que no se atrevía a moverse, escuchó el sonido de unos pasos rápidos sobre la grava. Un segundo después, el chico moreno estaba junto a ellos.
—¿Qué es lo que estás haciendo? —exclamó, mirando la pistola con inquietud—. Tano ya te ha avisado, no hagas ninguna tontería.
Al escuchar el nombre de su padre, Angelo aflojó un poco la presión sobre el arma. Los nudillos recuperaron el color. Y el viejo, instintivamente, aprovecho para escapar. Echó a correr, como si creyera que podía alcanzar la casa antes de que el proyectil de Angelo lo alcanzará a él. Como si los muros del lugar donde había nacido y crecido pudieran bastar para protegerlo.
—Maldito bastardo —dijo Angelo apuntándole. El chico moreno fue más rápido: con un movimiento de la mano desvió el brazo de Angelo, que disparó al aire. La bala silbó y acabó clavándose en el tronco de un olivo cercano.
Angelo volvió a echarse a reír. Ver cómo aquel viejo corría a trompicones, con los pantalones probablemente mojados, lo ponía de buen humor.
—Déjame que al menos me divierta. De todas formas, no vamos a sacarle nada —concluyó con voz firme. Apuntó y comenzó a disparar de modo que las balas pasaron rozando al viejo sin llegar a darle, levantando nubecillas de polvo a sus pies.
Una mujer apareció en la puerta de la casa y se puso a gritar en un dialecto incomprensible.
—Fantástico —dijo el chico moreno—. Llamemos la atención de todo el vecindario.
Se encaminó hacia el coche.
—Date prisa, alguien llamará a la policía —añadió, apretando el paso.
—Me encantaría dispararle a algún madero —comentó Angelo, alcanzándolo y abriendo la puerta del lado del copiloto.
—Y a mí a veces me gustaría dispararte a ti —murmuró el chico, mientras se montaba en el asiento del conductor y encendía el motor. Salió del camino haciendo chirriar las ruedas del coche y dejando tras de sí una densa polvareda blanca.
—Todavía no estás satisfecho, ¿a que no? —preguntó el chico moreno, con la mirada, dura y severa, puesta en la carretera.
El otro no se tomó la molestia de contestarle. Se limitó a cantar más alto todavía.
El coche desembocó en la carretera principal, alejándose de los olivares en dirección a la ciudad. Por las ventanillas abiertas se colaba la brisa del mar, siempre tan cortante en septiembre, siempre tan tensa después del calor veraniego.
—¿Qué es lo que piensas hacer ahora? —volvió a preguntar el chico, alzando la voz para hacerse oír por encima del ruido— Has fastidiado cinco contactos de los cinco que teníamos. Tano no estará contento.
Angelo se calló. Después apagó el equipo de un manotazo violento.
Tano, Tano, no haces más que nombrarlo. Es mí padre, no te olvides de eso. Y este negocio lo llevo yo —gritó, revolviéndose en su asiento—. De todas formas, sus métodos ya no funcionan. ¿No ves cómo apestan a rancio? ¡Hasta el olor se me mete en la garganta! Si sigue así, lo acabarían quitando de en medio.
El chico apretó los labios.
—Él sabe lo que se hace. A l contrario que tú.
Angelo exhaló un profundo suspiro.
—Escucha, este sitio da asco. La gente está tan apegada a sus tierras que parece que te estén vendiendo su propia sangre.
—Puede que sea así.
Angelo se rió.
—Me gusta la idea. Pero en serio, deberíamos volver a nuestro territorio. Allí es todo más fácil, a la gente no le importa en absoluto tener un poco de mierda debajo del culo. Están acostumbrados —estaba cada vez más acalorado—. Podríamos encontrar un agujero en cualquier sitio.
—No. Tenemos a los otros clanes encima y Tano lo sabe —replicó el chico—. Debemos encontrar un agujero en cualquier sitio.
—No lo será por mucho tiempo. Incluso los olivos tienen ojos y oídos.
—Lo sé, pero hasta que lo consigamos, llevamos ventaja a los demás.
Angelo escupió en el suelo y se metió las manos en los bolsillos del pantalón.
—Para nosotros, matar a alguien significa dos cosas: que te tienes que ocupar del cadáver —añadió el chico—, y que llamas la atención de la policía. No es tan difícil de entender. ¿Y que habrías hecho después? ¿Habrías matado también a la mujer? Así no se puede trabajar, Angelo. Acabarás con todos nosotros, si es que antes no te echan.
—No me gusta tu tono. Tú no eres nadie —murmuró Angelo lanzándole una mirada perversa. Se dio media vuelta, llegó a la puerta del coche y a continuación, se subió al asiento del conductor.
—Deberías recordar que aquí el jefe soy yo —gritó desde el interior. Luego puso el equipo de música a todo volumen y salió disparado, pasando bruscamente de la segunda marcha a la tercera. 
El chico moreno vio cómo se alejaba y sacó la pistola del bolsillo trasero de los vaqueros. Guiñó un ojo, tenía el coche de Angelo en el punto de mira. Habría bastado con disparar, agujerearle una rueda, esperar a que se saliera de la carretera y que el impacto lo dejar seco. Su pulso era firme, tenía una probabilidad de nueve entre diez.
En lugar de eso, el chico bajó el brazo con lentitud vio cómo el coche giraba en una curva, y devolvió la pistola a su sitio. Del otro bolsillo sacó un reproductor de Mp3 y se colocó los auriculares, subiendo a tope el volumen de la música.
En realidad, no existe el lado oscuro de la luna. De hecho, ella es oscura.
Echó a andar despacio, inspirando al aire salobre y pensando que antes o después, no importaba cuándo, encontraría la forma de ajustar cuentas con la vida.
Era sólo cuestión de saber esperar. En la sombra.

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