¿Por qué leer? Porque cada vez que lees un libro, un árbol sonríe al ver que sí hay vida después de la muerte. Sabes que un libro es interesante cuando pasas las páginas sin darte cuenta. Leer, la forma más barata de viajar.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Primeros Capítulos: Lucas



Caitlin tiene 15 años y vive con su padre en una isla comunicada a tierra firme
a través de un puente. Un día en que padre e hija se dirigen fuera de 
la localidad para recoger a Dominic, hijo del primero y hermano de la 
segunda, observan que un chico misterioso se aproxima a la isla. Desde 
ese momento, Caitlin siente gran curiosidad por el muchacho. ¿De dónde 
viene, a qué viene, de qué vivirá? Cuando al fin tiene oportunidad de 
conocerlo, la joven descubre en Lucas a un ser excepcional. No es lo 
mismo que piensa buena parte de la pequeña comunidad, que más bien se 
siente agredida por la presencia del extraño. El recelo colectivo irá 
creciendo hasta alcanzar niveles enfermizos. Con ayuda de su padre, 
Caitlin luchará por que la verdad y la razón se impongan. ¿Lo logrará?
Prólogo

Fue idea de mi padre que escribiera sobre Lucas y Ángel, y sobre todo lo ocurrido el verano pasado.
No te hará sentir mejor me dijo. Tal vez incluso empeore las cosas por un tiempo. Pero no debes permitir que la tristeza muera dentro de ti. Tienes que inyectarle algo de vida. Tienes que
¿Sacarla toda?
Sonrió
Algo así
No se papá suspire. No estoy segura de poder escribir una historia.
No digas tonterías. Cualquiera puede escribir una historia. Es lo más facial del mundo. ¿Cómo, si no, supones que puedo ganarme yo la vida con eso? Todo lo que tienes que hacer es decir la verdad, contarlo tal como sucedió
Pero yo ni siquiera sé cómo fue. No conozco todos los detalles, los hechos
Las historias no son hechos, Cait. No son detalles. Las historias son sentimientos. Tú tienes sentimientos, ¿verdad?
Demasiados dije.
Ahí tienes. Es lo único que necesitas poso su mano en la mía. Llórate una historia hija. Funciona créeme.
De modo que eso hice: me llore una historia.
Ésta es la historia que lloré.

Uno
Vi a Lucas por primera vez el verano pasado, en una hermosa tarde de finales de julio. En ese momento no sabía quién era… De hecho, ahora que lo pienso, ni siquiera sabía qué era. Desde el asiento trasero del auto apenas pude distinguir una criatura vestida de verde que caminaba sigilosamente a lo largo del Stand en medio de una brillante nube de calor. Era una figura delgada y andrajosa con pelo rubio color paja y una manera de andar —me hace gracia recordarlo ahora—, una manera de andar que susurraba secretos al aire.
Nosotros volvíamos de tierra firme.
Mi hermano Dominic se había quedado con unos amigos de Norfolk desde hacía un mes, cuando terminó su primer año en la universidad. Esa mañana nos llamó para avisarnos que venía camino a casa. Su tren estaba programado para las cinco y nos pedía que lo recogiéramos en la estación. Debo decir que papá odia que lo interrumpan mientras escribe (o sea, casi todo el tiempo), y odia también tener que salir a cualquier parte. Pero a pesar de sus habituales quejas y suspiros —“¿Acaso el chico no puede tomar un taxi?, ¿qué tiene de malo el maldito autobús?”— pude notar por el brillo de sus ojos que estaba ansioso por ver a Dominic otra vez.
No es que a papá le incomodara tener que pasar todo el tiempo conmigo. Pero creo que algo faltaba en su vida desde que Dom iba a la universidad. Tengo dieciséis años (entonces tenía quince), y papá tiene cuarenta y pico. Son edades difíciles —para ambos—. Crecer, tener que ser mayor, cosas de chicas, cosas de adulto, tener que lidiar con emociones que ninguno de los dos comprende… no es sencillo. No siempre podemos tener aquello que necesitamos, no importa cuánto nos esforcemos, y siempre es útil un intermediario a quien acudir cuando las cosas nos sobrepasan. Dominic, al menos, siempre ha sido bueno para ponerse en medio.
Claro que esa no era la única razón por la que papá estaba ansioso por verlo de nuevo; después de todo, era su hijo. Su muchacho. Estaba orgulloso de él. Se preocupaba por él. Lo amaba.
Yo también.
Pero a mí, por alguna razón, no me entusiasmaba tanto como a papá verlo de nuevo. No sé por qué. No es que no quisiera verlo, porque sí quería. Era sólo qué… no lo sé.
Algo no estaba bien.
—¿Estas lista, Cait? —preguntó papá a la hora de marcharnos.
—¿Por qué no vas solo? —sugerí—. Así podrán tener una charla de “padre e hijo” en el camino de vuelta.
—Hey, vamos. Él querrá ver a su hermanita.
—Espérame entonces. Voy por Deefer.
Papá tiene terror a conducir solo desde que mamá murió hace diez años en un accidente de automóvil. Yo intento alentarlo pero no tengo corazón para presionarlo demasiado.

El caso es que habíamos conducido hasta tierra firme y recogido a Dominic en la estación. Allí estábamos todos: la familia McCann entera apretujada en nuestro decrépito Fiesta, camino a la isla. Papá y Dominic iban al frente, Deefer y yo en la parte trasera. (Por cierto, Deefer es nuestro perro. Una cosa grande, negra, pestilente, con una mancha blanca en un ojo y la cabeza del tamaño de un yunque. Papá dice que es una cruza de zorrillo con burro.)
Dominic no había dejado de hablar desde que arrojó su mochila en la cajuela y entró en el auto. Que la universidad esto, que la universidad aquello. Escritores, libros, revistas, fiestas, gente, dinero, clubes, tocadas… Sólo callaba para encender su cigarro, lo que hacía como cada diez minutos. Y cuando digo que hablaba no me refiero a hablar como quien tiene una conversación: digo que hablaba como si estuviera loco:
—Te digo, papá, no lo creerías… De hecho, estamos analizando la telenovela East Enders, ¡qué tal!... Dicen que tiene que ver con la “cultura popular”, lo que quiera que eso signifique… Y además, en la primera clase, ¿te imaginas? Estoy allí, en mi rollo, simplemente escuchando a ese viejo catedrático imbécil divagar acerca del maldito marxismo o algo así, cuando de pronto se detiene y dice: “¿Por qué no estás tomando notas?” ¡No podía creerlo! ¿Por qué no estás tomando notas? ¡Carajo! Se supone que la universidad se trata del libre albedrío, ¿no? La disciplina de la autoeducación, la libertad de aprender a tu propio ritmo…
Y siguió y siguió y siguió…
No me gustaba.
Su manera de hablar, su constante maldecir, la forma en que se fumaba su cigarro y gesticulaba como un falso intelectual… Era vergonzoso. Me hacía sentir incomoda —ese tipo de incomodidad estremecedora que sientes cuando alguien a quien aprecias, alguien cercano a ti, empieza de pronto a comportarse como un completo idiota—. Tampoco me gusto su manera de ignorarme. A juzgar por la atención que mi hermano concedía, yo podría no haber estado allí. Me sentí como una absoluta desconocida en mi propio auto. No fue sino hasta que casi habíamos llegado a la isla cuando Dominic se tomó un momento para respirar, volteó, le sacudió la cabeza a Deefer (“¡Hey, Deef!”) y finalmente me dirigió la palabra:
—¿Todo bien, niña? ¿Cómo estás?
—Hola, Dominic.
—¿Qué te pasa? Pareces distinta. ¡Dios mío! ¿Qué has hecho con tu cabello?
—Eso mismo estaba a punto de preguntarte.
Sonrió y pasó sus dedos por su cabellera decolorada, cortada casi a rape.
—¿Te gusta?
—Muy bonito. Muy como de vago de playa. ¿Así es como se ven todos en Liverpool?
—Bueno, no todos se ven así —dijo mi hermano dando un capirotazo a mi pelo—. Lindo estilo. ¿Cómo se llama? ¿El puercoespín?
—Los puercoespines tienen púas —le dije mientras me reajustaba el lazo del pelo—. Esto es un penacho.
—¿Un penacho? Sí, claro —dio una calada a su cigarro—. ¿Tú qué opinas, papá?
—Creo que se le ve bien —dijo papá—. Como sea, prefiero tener en la familia un puercoespín a un surfista neonazi.
Dominic sonrió sin apartar la vista de mi cabello.
—¿Und was denkt deiner Liebling davon?
—¿Qué?
—Simon —dijo—. ¿Qué opina Simon de tu peinado?
—No tengo idea.
—No habrán terminado, ¿verdad?
—Oh, no seas tan infantil, Dominic. Simon es sólo un amigo…
—Eso es lo que él quiere que pienses.
Suspiré.
—¿No se supone que madurarías en la universidad?
—Yo no —dijo él con una mueca—. Yo voy hacia atrás.
Todos mis malos recuerdos de Dominic volvían poco a poco a mi memoria. Los comentarios punzantes, malintencionados, las constantes tomaduras de pelo, su manera de tratarme como a una niñita estúpida…Supongo que ésa era una de las razones por las que estaba un poco mosqueada por su retorno: ya no quería ser tratada como una niñita estúpida, especialmente por alguien que no sabía comportarse de acuerdo con su propia edad. Y el que nadie me hubiera tratado en un año como a una estúpida sólo empeoraba las cosas. Me había desacostumbrado. Y cuando te desacostumbras a algo es más difícil soportarlo. Por eso me sentía molesta.
Pero entonces, justo cuando mi enojo estaba a punto de estallar, Dominic estiró la mano y tocó mi mejilla.
—Me alegra verte, Cait —dijo con suavidad.
Por un instante fue el Dominic que yo había conocido antes de que creciera, el verdadero Dominic, el que me cuidaba cuando necesitaba ser cuidada: mi hermano mayor. Pero casi enseguida se apartó con un encogimiento de hombros, como si se sintiera avergonzado de sí mismo. El Dom conocido y gritón estaba de vuelta.
—Oye, papá —vociferó—. ¿Cuándo diablos piensas comprar un auto nuevo?
—¿Y por qué querría un auto nuevo?
—Porque este es un montón de mierda.
Encantador.

El cielo de la isla tiene su propia e inconfundible luminosidad, un brillo iridiscente que se mueve según el humor del mar. Nunca es el mismo, pero es siempre el mismo, y siempre que lo veo sé que estoy a punto de llegar a casa.
Mi hogar es una pequeña isla llamada Hale. Tiene unos cuatro kilómetros de largo y dos de ancho en su parte más amplia, y está unida a tierra firme por una pequeña carretera elevada conocida como el Stand, un estrecho camino que hace con el estuario las veces de puente. Normalmente no se nota que es una carretera elevada como tampoco se nota que conduce a una isla, pues la mayor parte del tiempo el estuario es tan sólo un vasto trecho de juncos y viscosidades color marrón. Sólo te das cuenta de que es una isla cuando sube la marea y el estuario se alza un medio metro sobre el nivel del camino y no se puede pasar hasta que la marea baja de nuevo.
Ese viernes por la tarde, sin embargo, mientras nos aproximábamos a la isla, la marea estaba baja y el Stand se extendía frente a nosotros, claro y seco, humeante por el calor: era una franja de concreto gris pálido franqueada por un pretil blanco y un sendero a cada lado, con riberas pedregosas y disparejas que descendían hasta el borde del agua. Más allá de la cerca, el estuario brillaba con esa maravillosa luz plateada que llega con el atardecer y se queda fija hasta el anochecer.
Íbamos a medio camino cuando vi a Lucas.
Recuerdo claramente aquel momento: Dominic reía sonoramente por algo que acababa de decir mientras hurgaba en sus bolsillos en busca de otro cigarro; papá hacía lo posible por parecer entretenido, se acariciaba la barba con un dejo de cansancio; Deefer, como de costumbre, iba sentado muy erguido en su postura de perro-muy-bien-portado-en-el-auto, parpadeando sólo ocasionalmente, y yo me inclinaba hacia un lado para ver mejor el cielo. No, a ver… puedo hacerlo mucho mejor. Recuerdo mi postura exacta. Estaba sentada justo hacia la derecha de la mitad del asiento, con las piernas cruzadas, levemente recargada hacia la izquierda, mirando hacia fuera por el parabrisas delantero, sobre el hombro de Dominic. Mi brazo izquierdo rodeaba la espalda de Deefer y mi mano descansaba sobre el polvo y los pelos de perro que había en una cobija sobre el asiento trasero. Me anclaba en esa posición aferrándome con la mano derecha al marco de la ventana abierta… Lo recuerdo con absoluta precisión. La sensación del metal caliente en mi mano, el borde de hule, el viento refrescante en mis dedos…
Fue en ese momento que lo vi por primera vez: una solitaria figura en el extremo opuesto del Stand, a la izquierda, nos daba la espalda en su camino hacia la isla.
Además de desear que Dominic dejara de rebuznar, mi primer pensamiento fue cuán extraño era ver a alguien caminando por el Stand. No es frecuente ver a nadie caminar por estos rumbos. El pueblo más cercano es Moulton (de donde veníamos en ese momento, como a quince kilómetros tierra adentro), y entre Hale y Moulton no hay más que cabañas pequeñas, granjas, terrenos baldíos, los llanos y una que otra taberna. De modo que los isleños no caminan, básicamente porque no hay hacia dónde caminar. Si van a Moulton conducen o toman el autobús. Así que los únicos peatones que uno puede encontrar por aquí son excursionistas, observadores de aves, cazadores furtivos o, muy de vez en cuando personas (como yo) a quienes sólo les gusta caminar. Pero incluso desde la distancia podía ver que la figura frente a nosotros no pertenecía a ninguna de estas categorías. No estaba segura de cómo lo sabía, simplemente lo sabía. También Deefer los sabía, pues aguzó los oídos y entornó los ojos con curiosidad para ver a través de la ventana.
La figura se hacía más nítida a medida que nos acercábamos. Era un joven o un muchacho vestido holgadamente con una playera verde militar y amplios pantalones verdes. Llevaba una chamarra verde militar anudada a la cintura y una bolsa de lona verde sobre el hombro. Lo único no verde en él era el par de botas negras estropeadas que calzaba. Aunque era más bien pequeño, no era tan delgado como pensé en un principio. No era exactamente musculoso, pero tampoco era del todo enclenque. Es difícil de explicar. Había en él un aire de fortaleza oculta, una elegante fuerza que se notaba en su equilibrio, en su porte, en su modo de andar…
Ya he dicho que el recuerdo del modo de andar de Lucas me hace sonreír. Es un recuerdo increíblemente vívido. Puedo verlo ahora mismo si cierro los ojos: un trote tranquilo, lindo y firme. Ni muy apresurado ni muy lento. Lo bastante veloz como para llevarla a alguna parte, pero no tan rápido como para no enterarse de nada. Un paso lleno de vitalidad, seguro, alerta, resuelto, despreocupado y sin vanidad. Un modo de andar que lo mismo pertenecía y se hallaba alejado de todo a su alrededor.
Se pueden deducir muchas cosas de alguien a partir de su manera de andar.
A medida que el auto se aproximaba a Lucas me di cuenta de que papá y Dominic habían callado. De pronto me percaté de un silencia extraño, casi fantasmal, en el aire —no sólo en el auto, también afuera—. Los pájaros habían dejado de cantar, el viento se había detenido y el cielo a lo lejos se había iluminado con el azul más intenso que jamás hubiera visto. Era como algo salido de una película, uno de esos episodios en cámara lenta, mostrados en el más absoluto silencio mientras te hormiguea la piel y simplemente sabes que algo impactante está a punto de ocurrir.
Papá conducía a una velocidad regular, como siempre, pero parecía que apenas nos movíamos. Podía oír el murmullo de los neumáticos sobre el asfalto seco y las ráfagas de aire barrer la ventana. Veía también las cercas al lado del camino destellar junto a nosotros como una mancha blanca. Por eso sabía que sí nos movíamos, aunque la distancia entre nosotros y el chico no parecía acortarse.
Era extraño, casi como un sueño.
De repente el tiempo y la distancia parecieron tropezar hacia delante y nos emparejamos con el chico. Él giró la cabeza y nos miró. No, más bien, volteó l cabeza y me miró. Miró directamente hacia mí. (Cuando hace poco le conté esto a papá, me dijo que él también tuvo la misma sensación: que Lucas miraba directamente hacia él, como si él fuera la única persona en el mundo.)
Nunca olvidaré ese rostro. No sólo por su belleza —Lucas era indiscutiblemente bello— sino porque daba la maravillosa impresión de estar más allá de las cosas. Más allá de los ojos azul pálido y el cabello alborotado y la sonrisa triste… había algo más allá de todo eso.
Algo…
Sigo sin saber qué era.
Dominic rompió el hechizo cuando se asomo por la ventana y gruño:
—¿Qué diablos es eso?
Y el muchacho se esfumó, pasó a toda velocidad, mientras nos alejábamos del Stand y virábamos hacia el este de la isla.
Yo quería mirar hacia atrás. Estaba ansiosa por mirar hacia atrás, pero no podía. Temía que él ya no estuviera ahí.

El resto del viaje fue algo así como una mancha borrosa. Recuerdo que papá hizo un curioso sonido, como si olisqueara algo, mirándome de reojo por el retrovisor; después aclaró la garganta y me preguntó si me sentía bien.
Yo dije:
—Mmmm… sí.
Y luego Dominic dijo:
—¿Lo conoces, Cait?
—¿A quién?
—Al baboso ese, al vago… esa cosa con la que te quedaste embobada.
—Cállate, Dominic.
Rio burlándose de mí. “Cállate, Dominic”. Y pasó a otra cosa.
Recuerdo que papá cambió la velocidad y aceleró el auto cuesta arriba por Black Hill con un repentino arrebato de confianza, y recuerdo vagamente haber pasado junto al anuncio que dice: “Cuidado con los tractores”, sólo que la t y la r están ocultas tras un arbusto, por lo que se lee “Cuidado con los actores”. Cada vez que pasamos por ahí, alguno de nosotros se encarga de decir: ¡cuidado!, allí va John Wayne o Hugh Grant o Brad Pitt… Pero no recuerdo a quién nombramos esa tarde.
Por un rato tuve la cabeza en otra parte.
No sé dónde.
Sólo recuerdo una sensación extraña y zumbante en mi cabeza, una intensa mezcla de emoción y tristeza que nunca antes había sentido y que probablemente nunca más volveré a sentir.
Era como si desde entonces supiera lo que iba a suceder.

Muchas veces en este último año me he pregunto qué habría ocurrido si no hubiera visto a Lucas aquel día. Si hubiéramos cruzado el Stand diez minutos antes o diez minutos después. Si el tren de Dominic se hubiera retrasado. Si hubiera estado alta la marea. Si Lucas hubiera salido del lugar de donde sea que venía un día antes o un día después.
¿Qué habría pasado? ¿Sería todo diferente? ¿Sería ahora una persona distinta? ¿Sería más feliz? ¿Estaría más triste? ¿Tendría sueños diferentes? ¿Y Lucas? ¿Qué habría sido de Lucas si no lo hubiera visto ese día? Estaría aún…
Entonces me percato de cuán insensatos son en verdad esos pensamientos. Qué tal si… Qué habría pasado si…
No importa.
El hecho es que lo vi, y que nada podrá cambiar eso jamás.

Estas cosas, estos momentos que consideramos extraordinarios tienen su manera de fundirse con la realidad: mientras más nos alejábamos del Stand —mientras más nos alejábamos del momento— menor era el hormigueo que sentía. Para cuando enfilamos hacia el angosto camino que lleva a casa, la sensación de zumbido en mi cabeza casi había desaparecido y el mundo había vuelto a ser algo más o menos normal.
El auto se estremecía por el sendero mientras yo observaba fijamente aquel paisaje que me era tan familiar: los álamos por cuyas ramas se filtraban haces de luz solar, el campo verde, el camino maltrecho que conduce a la entrada; luego la vieja casa gris con su aire pacífico y acogedor bajo el sol refrescante; y al fondo de todo, la playa y el mar brillando en la distancia del atardecer. De no ser por un solitario carguero que se desplazaba despacio por el horizonte, el mar estaba vacío y quieto.
Papá me dijo alguna vez que esa parte oriental de Hale le recordaba su casa de infancia en Irlanda. Nunca he estado en Irlanda, de modo que no podría confirmarlo. Pero sí sé que amo todo en este lugar: la paz, lo silvestre, los pájaros, el olor a sal y algas, el clamor del viento, lo impredecible del mar… Amo incluso esa antigua casa descuidada, con su viejo techo enmohecido y sus paredes disparejas y su conjunto de letrinas exteriores y sus cobertizos derruidos. Puede que no sea la casa más bonita del mundo, pero es mía. Es donde vivo. Aquí nací.
Pertenezco a este lugar.
Papá estacionó el auto en el patio y apagó el motor. Abrí la puerta. Deefer brincó afuera y comenzó a ladrarle a Rita Grey, nuestra vecina, quien pasaba en el sendero a su perra labrador. Salí del auto y la saludé con un gesto de la mano. Mientras ella respondía a mi saludo, un par de cisnes blancos volaron casi al ras del campo, sus alas vibraban en la brisa. La perra comenzó a correr tras ellos, ladrando como una lunática.
—Nunca los alcanzará —gritó papá.
Rita se encogió de hombros y sonrió:
—Le hará bien, John. Necesita el ejercicio… ¡Ah! ¡Hola Dominic! No te había reconocido…
—Hola, señora G. —replicó Dom escabulléndose hacia el interior de la casa.
La labrador estaña ahora en medio del sendero con la lengua de fuera, ladrando l cielo despejado.
Rita movió la cabeza y suspiró.
—Condenada perra. No sé por qué… ¡Ah, Cait! Antes de que se me olvide, Bill preguntó si podrías llamarla sobre lo de mañana.
—De acuerdo.
—Estará a aquí hasta las nueve.
—Está bien, gracias.
Luego se despidió de papá con la cabeza y se alejó por el sendero detrás de su perra, silbando y riendo, balanceando la correa en el aire, con su melena pelirroja al viento.
Noté que papá la miraba con atención.
—¿Qué? —dijo cuando notó que lo observaba.
—Nada —sonreí.

En casa, Dominic había arrojado su mochila al suelo y subía ruidosamente las escaleras.
—Avísenme cuando esté lista la comida —nos ordenó—. Me voy a echar un rato. Estoy molido.
La puerta de la habitación se cerró de golpe.
Era extraño tener a alguien más en casa. Me incomodaba. Supongo que me había acostumbrado a estar sola con papá. Nuestros ruidos, nuestros silencios. Me había acostumbrado a la calma y a la soledad.
Papá alzó la mochila de Dominic y la recargó contra la escalera. Me dirigió una sonrisa tranquilizadora, como si leyera mis pensamientos.
—Es sólo un niñote, Cait. No pretende lastimarte.
—Lo sé.
—Todo estará bien. No te preocupes.
Asentí.
—¿Quieres comer algo?
—Ahora no… Dale una hora o dos y luego comeremos algo todos juntos.
Se inclinó y apretó una de las cintas de mi cabello.
—¿Penacho dices?
—Penacho —asentí.
Arregló la cinta. Luego dio un paso atrás y me contempló.
—Realmente te queda bien. De verdad.
—Gracias —sonreí—. Tú tampoco te ves nada mal. ¿Viste como te miraba Rita?
—Ella mira a todos de la misma manera. Es peor que su hija.
—Siempre pregunta por ti, ¿sabes?
—Vamos, Cait…
—Sólo estoy bromeando, papá —le dije—. No te preocupes tanto.
—¿Quién se preocupa?
—Tú. Te preocupas por todo.
Charlamos unos minutos, pero me di cuenta de que ansiaba volver a su trabajo. No dejaba de ver su reloj.
—Llamaré a Bill —le dije—. Luego llevaré a Deefer de paseo. Prepararé algo de comer cuando vuelva.
—De acuerdo —dijo—. Supongo que más vale aprovechar un par de horas mientras pueda.
—¿Cómo va el nuevo libro?
—Ah, ya sabes, siempre es lo mismo —por un momento sólo se quedó allí parado, contemplando fijamente el suelo mientras se acariciaba la barba; pensé que me diría algo, que compartiría conmigo alguno de sus problemas. Pero al cabo de un rato simplemente suspiró de nuevo y dijo—: Está bien, más vale continuar… asegúrate de volver antes de que anochezca. Te veo más tarde, cariño.
Y se fue; caminó encorvado hacia su estudio y cerró la puerta.

Papá escribe libros para adolescentes, adultos jóvenes, como les llaman en las librerías. Seguramente has oído hablar de él. Puede que hasta hayas leído algunos de sus libros: Una especie de Dios, Nada nunca muere, Mundo nuevo… ¿No? Bueno, aunque no los hayas leído es probable que hayas leído acerca de ellos. Son la clase de libros que son nominados a premios que nunca ganan, la clase de libros de los que los diarios publican tontería y media porque les parecen inmorales, porque dan mal ejemplo, porque contribuyen a la destrucción de la inocencia de la juventud de hoy. Básicamente, son la clase de libros que no dejan mucho dinero.
Bill estaba comiendo cuando contestó el teléfono.
—¿Mmmsí?
—¿Bill? Soy Cait…
—Un mmi… espera… —podía oír la televisión rugiendo al fondo, a Bill masticando, tragando, repitiendo—. Bien —dijo al fin—. Urrp… perdón por eso.
—Tu madre me dijo que te llamara. La vi en el sendero.
—Sí. Pensé que nunca se iría… un minuto…
—¿Bill?
—Así está mejor. Moría por un cigarro. ¿Estás bien?
—Perfectamente…
—Te vi cuando regresabas en el auto. ¿A dónde fuiste?
—A recoger a Dom.
—Soy toda oídos…
—Oh, ¡vamos Bill!
—¿Qué?
—Ya sabes qué. ¡Tiene diecinueve años, por favor!
—¿Y?
—Tú tienes quince…
—Las chicas maduran antes que los chicos, Cait. Eso lo sabe todo el mundo.
—¿Sí? Pues es evidente que tú lo has hecho.
Rio.
—¿Puedo evitar que mis hormonas estén hambrientas?
—Podrías ponerte a dieta.
—¡Ja!
—De todos modos, Dom ya tiene novia.
—¿Quién?
—No lo sé. Alguien de la universidad, creo… —armé una imagen mental a toda velocidad—. Una rubia alta con piernas largas y mucho dinero.
—Lo estás inventando.
—No, no lo estoy inventando. Se llama Helen y vive en Norfolk, en alguna parte…
—Pues allí lo tienes.
—¿Qué?
—Ella está en Norfolk… yo estoy a dos minutos a pie por el sendero. Fin de la historia.
Rio de nuevo, luego tapó el auricular y habló con alguien al fondo.
Enredé entre mis dedos el cable del teléfono y deshice una telaraña que había en la pared. Sacudí el pie. Me dije: “Ignórala, olvídalo, no dejes que te moleste…” Pero no pude. Este rollo con Bill y Dominic se estaba saliendo de control. Antes era gracioso…: “Querida Trish, mi mejor amiga está enamorada de mi hermano mayor, ¿qué debo hacer?” Sí, era gracioso cuando Bill tenía diez años y Dominic catorce. Pero había dejado de serlo porque Bill ya no bromeaba. Se lo tomaba verdaderamente en serio y eso me molestaba. El problema que si le decía lo que en verdad pensaba, ella sólo se reiría de mí. Me diría: “Ash, vamos, Cait, no seas tan serie todo el tiempo, sólo me divierto un poco, niña…”
De modo que, para bien o para mal, sólo le seguía la corriente.
—¿Cait?
—Sí, ¿quién era?
—¿Qué?
—Creí que hablabas con alguien.
—No, es la tele. Sólo bajaba el volumen. Como sea, ¿todavía estás puesta para mañana?
—¿A qué hora?
—Te veo a las dos en la parada del autobús…
—¿Por qué no mejor nos vemos en tu casa? Podríamos caminar juntas.
—No, primero tengo que ir a otra parte. Te veo a las dos.
—El autobús pasa al diez para las dos.
—Está bien, nos vemos al cuarto. ¿Qué te vasa poner?
—¿Ponerme? No sé, nada en especial… ¿Por qué?
—Por nada. Sólo pensé que sería divertido arreglarnos un poco más para variar.
—¿Arreglarnos?
—Ya sabes: falda, tacones, blusa entallada…
Reí.
—Si sólo vamos a Moulton.
—Sí, de acuerdo, pero te ves bien cuando te vistes bien. Deberías hacerlo más a menudo. No puedes usar siempre esos pantalones cortos gastados y una playera.
—No lo hago.
—Sí lo haces. Pantalones cortos y playera en verano, jeans y sudadera en invierno…
—¿Eso qué tiene de malo?
—Nada… Lo que digo es que a veces tienes que esforzarte. Enseñar un poco de pierna, un poco de abdomen, ponerte un poco de pintura en los labios, ya sabes…
—Ya veremos. Tal vez…
—Oh, vamos Cait. Será divertido.
—Dije tal vez…
—Nunca se sabe. Podríamos toparnos con alguien decente… ¿Qué hará Dom mañana?
—Mira, Bill…
—Ups, me tengo que ir. Me pareció oír a mi mamá y estoy a medio cigarro. Te veo mañana a las dos…
—Cuarto para… ¿Bill?
Pero ya había colgado.
Devolví el teléfono a su sitio y fui a la cocina. La casa estaba en silencio. Flotaban sonidos tenues en el aire, el suave tap-tap del teclado de mi padre, el zumbido de un aeroplano volando alto en el cielo, el grito lejano de una gaviota solitaria. A través de la ventana podía ver el carguero flotando en torno al Point, su enorme casco gris bajo el peso de un cargamento multicolor de contenedores metálicos. El cielo sobre el barco estaba un poco nublado, pero el sol aún calentaba y brillaba cubriendo la isla con una gasa de color rosa pálido.
Me gusta esta hora del día cuando la luz brilla suavemente y en el aire flota una especie de somnolencia… como si, después de un largo día de trabajo, la isla exhalara alistándose para la noche. Durante el verano con frecuencia me siento en la cocina durante una o dos horas, simplemente observando cómo el cielo cambia de color mientras se pone el sol. Pero esa tarde no podía estarme quieta. Me preocupo demasiado, como papá. Estaba preocupada por él. Me preocupaba Dominic, que había cambiado tanto en el último año. Y el muchacho del Stand... Me preocupaba por qué no podía dejar de pensar en él… Y Bill… deseaba no haberla llamado. Deseaba no tener que ir al pueblo al día siguiente. Deseaba… no lo sé. Deseaba no tener que crecer. Era demasiado deprimente.
Llamé a Deefer y nos dirigimos hacia el sendero.

Lo que pasa con papá es que tiene demasiada tristeza en los huesos. Se le nota en la manera como camina, en cómo ve las cosas, inclusive en su modo de sentarse. Cuando salí de casa esa tarde me asomé a la ventana de su estudio y lo vi encorvado sobre su escritorio, mirando fijamente la pantalla de la computadora, fumando un cigarro y sorbiendo whisky irlandés. Se veía tan triste que me dieron ganas de llorar. Tenía esa mirada de franca tristeza que rara vez se ve, la mirada de alguien que piensa que está solo y no tiene por qué ocultarlo.
Es mamá, desde luego. Ha estado solo con su tristeza desde que ella murió.
No es que no me hable de ella… Lo hace. Me dice cuán maravillosa era, cuán hermosa era, qué buena, qué detallista, qué graciosa era… “Dios, Cait, cuando Kathleen reía, hacía cantar el corazón.” Me cuenta cuán felices eran juntos. Me mustra fotografías, me lee sus poemas, me dice cuánto se la recuerdo… Me dice lo triste que está. Pero no atiende sus propios consejos; no da ninguna vida a su tristeza.
No sé por qué.
A veces pienso qu es porque quiere que esa tristeza se le muera adentro. Cree que si muere dentro de él podrá protegerme de ella, pero no se da cuenta que no quiero quedar fuera de su tristeza. Quiero ser parte de ella. Quiero sentirla también. En mi mamá. Casi no la conocí, pero lo menos que puede hacer papá es dejarme compartir su muerte.
No sé si esto tiene algún sentido.
Ni siquiera sé si es verdad.
Pero eso es lo que pensé.

Allá, en el arroyo, Deefer había llegado hasta el pequeño puente de madera y contemplaba una familia de cisnes —un par de adultos y tres polluelos grandes—. Uno de los adultos convertía le defensa de sus crías es un espectáculo: se acercaba a Deefer con las alas extendidas, arqueaba el cuello y emitía un fuerte silbido. A Deefer aquello no podía importarle menos. No era nada que no hubiera visto antes. Simplemente se mantuvo allí, con la mirada fija, moviendo la cola con dulzura. Luego de uno o dos minutos el cisne se dio por vencido, meneó la cabeza y chapoteó de vuelta a su familia.
El arroyo surca un profundo valle que corre paralelo a la playa y se extiende desde la mitad de la isla hasta las marismas detrás del Point. Entre el arroyo y la playa hay una amplia franja de saladar, una alfombra verde claro de hinojo marino y verdolagas salpicada de innumerables charcas de lodo ribeteadas de juncos y carrizos. Quienes conocen bien el lugar —como yo lo conozco— saben que hay sendas que cruzan el saladar hacia la playa. De otro modo es necesario seguir el sendero hasta la orilla oeste de la playa, donde los pantanos se adelgazan y se funden en la orilla. También se puede ir hacia el este a través de un laberinto de dunas y aulagas hasta la bahía baja que está junto a los pantanos.
Llamé a Deef y cortamos camino a través del saladar hasta que desembocamos en la playa cerca del viejo fortín de concreto. A medida que nos acercábamos por la costera la brisa marina se intensificaba perfumando el aire con una mezcla de sal y arena y esas cosas desconocidas que sólo los perros pueden oler. Mientras Deefer trotaba junto a mí con la cabeza erguida, olisqueando las historias de este mundo, hice una pausa para escuchar los sonidos de mar. Las olas lamían la orilla suavemente, el viento, la arena susurrante, las aves marinas… y debajo de todo esto, o por encima de todo esto, el murmullo del lodo de los pantanos junto al Point.
El Point es el extremo este de la isla, un dedo fino de guijarros cercado de un lado por el mar abierto y por los pantanos por el otro. Cuando baja la marea se pueden ver restos de barcos antiguos que fueron succionados y se perdieron en las profundidades. Cual esqueletos de bestias muertas hace mucho tiempo, sus armazones desmantelados y renegridos emergen de la viscosidad, como una firme advertencia sobre los peligros que acechan en el lodo. Más allá de los pantanos, la maraña de un bosque raquítico ensombrece un islote agreste en la boca del estuario. La diminuta isla encara la playa con una inquietante mezcla de belleza y amenaza: las extremidades de sus árboles marchitos han sido torcidas por el viento y la marea hasta convertirse en suplicantes figuras, como manos deformes clamando ayuda.
Aun en verano esta parte de la playa suele estar desierta. Quienes visitan la isla se quedan por lo general en el lado oeste, del lado del pueblo, donde la arena es suave y hay lugar para estacionarse. Es un parque campestre (un bosque provisto de basureros) donde hay senderos para bordear los acantilados y espacio para volar cometas, camiones de helados, un quisco de música —incluso se planea abrir un sitio para acampar—. Pero eso es otro mundo. En el lado este de la isla sólo se ve gente local: pescadores, personas que pasean a sus perros, el ocasional impermeable con un detector de metales y, a veces, bien entrada alguna noche de verano, amantes furtivos en las dunas.
Esa tarde, sin embargo, la playa estaba desierta mientras la luz languidecía. Una brisa cruda venía del mar y la temperatura comenzaba a disminuir. No faltaba mucho para que se cerrara el frío nocturno y todo lo que traía puesto —como Bill amablemente había señalado— era una playera y un par de viejos pantalones cortos. De modo que llamé a Deef otra vez mientras me frotaba los brazos y me puse en marcha apresurando el paso por la playa en dirección al Point.
Sin querer volví a pensar en el muchacho del Stand, preguntándome quién era, hacía donde se dirigía, qué hacía por allí… inventando historias en mi cabeza. Imaginé que era el hijo de algún habitante de la isla que había estado lejos por un tiempo, quizá en el ejército, tal vez incluso en prisión, y que ahora volvía a casa. Su padre sería un viejo canoso que vivía solo en una diminuta cabaña des pescadores. El hombre habría pasado el día entero limpiando el lugar, cocinando algo rico para comer, preparando una habitación para su hijo…
No, pensé. El muchacho no es lo bastante grande para haber estado en el ejército. ¿Qué edad tendrá? ¿Quince, dieciséis, diecisiete? Volví a imaginar su cara y —maldición— mi corazón brincó un latido. Aquellos ojos azul pálido, ese cabello enmarañado, esa sonrisa… podía verlo todo con suficiente claridad. Lo extraño era que no podía calcular la edad del chico por más que estudiara su cara en mi memoria. Por un segundo parecía de trece y al siguiente era un joven de dieciocho, diecinueve, veinte…
Muy extraño.
Como sea, decidí, el chico no podía ser hijo de un isleño, no encajaba con ese tipo. Los isleños —y sus hijos— tienen un aspecto muy particular. Son bajos y morenos, con largas pestañas y cabello hirsuto para combatir el viento. Y aun si no son bajos ni morenos con largas pestañas ni cabello hirsuto, parece como si debieran serlo. El muchacho —ahora pensaba en él como el muchacho—. El muchacho no era un isleño. El rostro que recordaba era el de un muchacho de ninguna parte.
¿Buscará trabajo?, pensé. ¿O busca a alguien? ¿Una muchacha, una novia?, ¿tal vez un enemigo? Alguien que le ha hecho daño. Alguien que ha ofendido su honor. Ha viajado a lo largo y ancho del país en busca de…
Me detuve en seco, súbitamente consciente de lo que hacía. Dios mío, Caitlin, pensé. ¿Qué diablos estás haciendo? ¿Novias? ¿Enemigos? ¿Honor? Esto es digno de Mills & Boon. Es vergonzoso. Mírate. Actúas como una niña tonta desmayada ante la fotografía de una estrella pop con cara de bobo en una revista. Por amor de Dios, niña, contrólate. Madura, madura, madura…
Sacudí la cabeza y comencé a caminar de nuevo.
Es difícil pensar en madurar cuando estás justo en mitad del proceso. Es complicado saber qué quieres. A veces hay tantas voces en tu cabeza que es difícil saber cuál de ellas es la tuya. Quieres esto, quieres aquello. Crees que quieres esto pero después quieres lo otro. Piensas que deberías querer esto pero todo el mundo opina que deberías querer lo otro.
No es sencillo.
Recuerdo que una vez —tendría diez u once años— volví de la escuela llorando como loca porque los demás niños me habían llamado bebé. Luego de consolarme y esperar pacientemente que las lágrimas se secaran, papá me sentó y me dio un consejo.
—Escucha, Cait —dijo—, pasarás la mitad de tu infancia deseando ser mayor y luego, cuando seas mayor, pasarás la mitad del tiempo deseando ser niña de nuevo. De modo que no te preocupes demasiado acerca de lo que está bien o mal para tu edad… simplemente haz lo que quieras.
Eso me puso a pensar otra vez en papá, en su soledad, en su escritura, en su forma de beber… De pronto, un movimiento inesperado captó mi atención y todos mis pensamientos se esfumaron. Alguien nadaba en el mar, justo enfrente del Point, y ahora se dirigía hacia la playa. De golpe me di cuenta de que oscurecía, hacía frío y no sabía dónde estaba Deefer.
—¡Deefer! —grité mirando alrededor—. ¡Aquí muchacho! ¡Ven aquí, Deef!
Esperé mientras trataba de oír el cascabeleo de su collar, luego silbé y volví a llamar, pero no obtuve respuesta. En el mar el nadador casi había alcanzado la playa. Me hice sobra con la mano para poder ver mejor. Era un joven de cabello claro con gogles oscuros. Había en él algo vagamente familiar, pero la luz no era lo bastante clara y no podía reconocer su rostro. Quienquiera que fuera era sin duda un buen nadador. Conforme se acercaba a la orilla podía distinguir sus brazadas rítmicas rebanando el agua. Slip… slip… slip… un sonido extrañamente escalofriante.
Miré a mi alrededor y llamé de nuevo a Deefer. Nada. Busqué por todas partes —de vuelta a lo largo de la playa, a orillas del saladar, en los pantanos—. Nada. Ni perro negro ni ninguna otra señal de vida. Sólo yo y una enervante figura con gogles oscuros que se balanceaba fuera del mar y hacía crujir los guijarros dirigiéndose hacia mí. Alto, musculoso y de espalda amplia, con un bañador ajustado, un elegante reloj negro y nada más. Cruzaba su boca una sonrisa delgada burlona, y según se aproximaba pude notar que su piel estaba cubierta por una especie de aceite o grasa clara. El agua resbalaba por su piel, perlada con diminutos arcoíris.
—¡Vaya, es la pequeña Caity McCann! —dijo quitándose los gogles y sonriendo—. ¡Qué agradable sorpresa!
—Ah… Jamie —titubeé—. ¿Qué haces por aquí?
No sabía si reír o llorar mientras lo veía acercarse hacia mí ajustando su bañador con aquella sonrisa. Jamie Tait; hijo de Ivan Tait, terrateniente local, rico empresario y miembro del parlamento de Moulton del Este… era lo más cercano a una celebridad que la isla hubiera producido jamás: capitán del County Schools Junior Rugby XV, campeón nacional de natación a los dieciséis y ahora una estrella en su segundo año en la Universidad de Oxford.
Jamie Tait era un “un joven brillante”.
O, como decía mi padre, el más brillante pedazo de mierda en la isla.
Se había detenido como a un metro de distancia de mí y golpeteaba sus gogles en la pierna, respirando pesadamente y mirándome de arriba abajo.
—¿Entonces, qué piensas, Cait? —dijo—. ¿Todavía lo tengo?
—¿Qué cosa?
Se apartó de un manotazo el cabello mojado de los ojos.
—El estilo, lo que se necesita… Te vi observándome.
—No te observaba. Buscaba a mi perro.
—Sí, claro —guiñó—. Ya entiendo.
Su mirada penetrante me dio escalofríos. Tenía ojos azul pálido eléctrico, como de androide, y era imposible adivinar qué había detrás de ellos. Tampoco me gustó su forma de pararse, la manera en que sostenía el cuerpo. Demasiado cerca, pero no demasiado cerca. Lo bastante cerca como para que fuera demasiado incomodo mirar hacia otra parte. Lo bastante cerca como para insinuar, para decir… mira esto, ¿qué opinas?
Di un paso atrás y llamé a Deefer con un silbido mientras revisaba el horizonte. Todavía nada a la vista. Cuando volví la cabeza Jamie se había acercado con los pulgares enganchados en su bañador. Podía oler la grasa en su piel, algo dulce en su aliento.
—¿Ha vuelto Dom de Liverpool? —preguntó.
—Esta tarde, volvió esta tarde… ¿Te importaría…?
—¿Va a salir esta noche?
—De verdad que no lo sé. Creo que yo…
—¿Qué te pasa, Cait? Mírate, estás temblando —sonrió—. Te daría algo que ponerte, pero come ves no tengo mucho qué ofrecer —miró hacia abajo y rio—. Es el frío, ¿sabes?
—Me tengo que ir —dije, y di media vuelta para alejarme. Mi corazón latía como un tambor y sentía débiles las piernas. Esperaba por un momento que una mano se aferrara a mi brazo… pero no pasó nada.
No creo haber estado realmente asustada en ese momento, sólo molesta. Molesta conmigo misma por… ni siquiera sé por qué. Por estar ahí, supongo. Enojada de que él me hubiera hecho enojar.
Después de una media docena de pasos lo escuché crujir tras de mí, llamándome con vos amigable.
—Espera, Caity, espera. Quiero preguntarte algo.
Seguí caminando.
Pensé que le llevaba ventaja. Yo llevaba zapatos y él no. Caminar descalzo sobre guijarros filosos no es lo más sencillo del mundo. Pero después de unos instantes ya me había alcanzado y caminaba junto a mí, dando saltos y sonriendo.
—Hey, ¿dónde esté el incendio? ¿Cuál es tu prisa?
—Ya te dije. Tengo que encontrar a mi perro.
—¿Cómo se llama?
—Deefer.
—¿Deefer? —rio—. Muy bueno, muy imaginativo —rio de nuevo, luego se llevó las manos a la boca y comenzó a llamar—. ¡Dee…fer, perro! ¡Dee…fer, perro! ¡Deefer! —mientras gritaba iba girando sobre sí mismo, como un faro—. ¡Dee…fer, perro! ¡Dee…fer, perro! ¡Dee…fer, perro!
Yo seguí adelante, hacia el fortín, mientras trataba de decidir qué hacer. Corrían toda clase de rumores desagradables acerca de Jamie Tait, la mayoría de los cuales, según Dom, había echado él mismo.
—Jamie no tiene nada malo —me dijo Dom alguna vez—. Sólo necesita soltar un poco de vapor de vez en cuando. Todo ese rollo del loco son sólo habladurías de la isla; Jamie en realidad es como un oso de peluche.
Bien, pensé. Oso de peluche o no, cuanto antes encuentre a Deefer y llegue a casas, mejor.
Habíamos alcanzado el fortín. Un edifico circular, achaparrado, semihundido, en el suelo, con gruesas paredes de concreto y un techo plano que parece —y huele a— baño público sucio y viejo. El olor me hizo fruncir la nariz y comencé a alejarme, pero no sabía hacia dónde ir. ¿Debía cortar por el saladar y dirigirme a casa o volver a la playa y seguir buscando a Deefer? ¿Hacia dónde? ¿Saladar, playa, o de regreso al Point?
Jamie había cesado de aullar como un lunático y saltaba sobre un pie por la orilla del saladar, hurgando entre los cáñamos.
—No está por aquí —gritó y se agachó a recoger un palo que había en el suelo—. Oye, tal vez le llegó el olor de la perra de Rita Grey. Ya sabes cómo se ponen los perros cuando les llega ese olor —blandió el palo contra una lata de Coca-Cola vacía y se dirigió hacia donde yo estaba—. Por cierto, ¿cómo está Bill? ¿Todavía muere por tu hermano?
Lo ignoré mientras volvía a buscar en la playa, mirando hacia la orilla en busca de Deefer. Pero la luz languidecía y era poco clara, de modo que no podía distinguir nada. El cielo se oscurecía y se llenaba de franjas grises y amarillas, y el mar adquiría un aire negro y gélido.
Jamie se acercó a mí con el palo atravesado sobre los hombros.
—Entonces —dijo—. ¿Qué hacemos ahora? —sin decir nada, puse las manos en los bolsillos. Jamie sonrió en silencio y señaló el fortín con la cabeza—. Mi vestidor.
—¿Qué?
—El fortín, ahí es donde me cambio de ropa —miró su bañador—. ¿No creerás que pretendo caminar todo el camino de vuelta con sólo esto puesto? ¿O sí? Me arrestarían.
Miré hacia otra parte.
—Me tengo que ir ya.
Jamie se acercó más.
—¿Cómo está tu viejo, Cait? ¿Todavía escribe sucias historias para niños?
No respondí nada.
Jamie sonrió. Aún respiraba con pesadez, pero no porque le faltara el aliento.
—Tengo que visitarlos un día de éstos —dijo—. Debo tener una conversación con el gran hombre. ¿Qué opinas? Yo y Johnny McCann. Johnny Mac. Podríamos beber juntos un poco de whisky seudoirlandés, echarnos una fumada… ¿Qué opinas, Cait? ¿Te gustaría?
—Buenas noches, Jamie —dije y di la vuelta para irme.
Se movió con rapidez, se acercó y atravesó su palo para bloquearme el camino. Una luz fría congeló su mirada.
—Te hice una pregunta, Cait.
—Quítate de mi camino…
—Te hice una pregunta.
—Por favor, quiero irme a casa.
Frunció los labios y sonrió.
—Oh vamos, Caity, dejemos de jugar. No me puedes traer hasta acá para después cambiar de opinión.
—¿Qué?
—Ya sabes de qué hablo. Ven, hace frío. Vamos adentro. Deja que te muestre mi vestidor. Tengo una botella en mi chamarra. Una rica gota de whisky nos dará calor…
—¿Cómo está Sara?
Sara era su prometida. Sara Toms. Una chica notablemente hermosa, con todos los atributos sociales que una joven puede desear; era la hija del inspector Toms, jefe del cuerpo local de policía. También era demencialmente posesiva. Supongo que pensé que en esas circunstancias era buena idea mencionar su nombre, pero apenas lo hice deseé no haberlo hecho. En cuanto oyó el nombre de su prometida, Jamie se congeló. Sus pupilas se encogieron al tamaño de una punta de alfiler y su boca se redujo a una apretada ranura. Por un momento pensé que explotaría o algo así, pero entonces —con un suspiro apenas audible— la furia lo abandonó y algo más tomó su lugar. Algo peor. Sonrió y dio un paso hacia mí. No lo bastante cerca como para tocarme, pero lo bastante cerca como para acorralarme contra el muro del fortín. La cabeza me daba vueltas a toda velocidad, la sangre se agolpaba en mis venas, pero aun no alcanzaba a creer que algo andaba mal. La verdad es que era ridículo. Mi instinto me decía que le pateara la ingle y corriera, pero algo más, una especie de urbanidad natural, supongo, me decía: “No, espera, espera sólo un minuto, sólo está probando, no va en serio, piensa qué vergonzoso sería que le pateara la ingle, lo que dirían los diarios, ‘Hijo del miembro del Parlamento atacado por chica local’”. De hecho, visualicé el encabezado. ¿Lo pueden creer?
Jamie no dijo ni hizo nada por un rato. Sólo se quedó ahí respirando fuerte y mirándome fijamente a los ojos. Yo todavía intentaba convencerme de que todo estaba bajo control, que no había nada de qué preocuparme, que sólo se trataba de un mocoso engreído y ligeramente descarriado que a veces necesitaba soltar un poco de vapor… Entonces sentí que tomaba mi mano y la movía hacia él.
—No…
—Cállate.
Sentí su piel desnuda, fría y grasienta. Traté de retirar la mano pero él era demasiado fuerte.
—No me…
—¿Qué? —sonrió.
Patéalo, pensé, patéalo… Pero no pude hacerlo. No podía moverme. No podía hacer nada. Todo lo que podía hacer era mirarlo, incrédula, mientras él apretaba mi mano y se acercaba aún más… De repente un gruñido áspero y penetrante desgarró el aire detrás de él.
—¡Mierda! —exclamó entre dientes, paralizado de miedo—. ¿Qué es eso?
Era Deefer, erguido, con los dientes pelados y el áspero pelo de su cuello erizado. Su gruñido sonaba húmedo y sangriento.
Jamie aún tenía mi mano en la suya. Se la arrebate.
—¿Qué es? —susurró tratando de mirar sobre su hombro.
Yo no podía hablar. Aunque hubiera querido, no podía decir nada. Quería que Jamie estuviera lejos de mí, quería apartarlo, pero no soportaba la idea de tocarlo. Mi mano, la mano que él había aferrado… Noté que la tenía al lado, lejos de mí. Sentía la garganta tan seca como un hueso.
—Cristo, Cait —dijo con los dientes apretados—. ¿Qué demonios es eso? ¡Dímelo!
Estuve a punto de echarle a Deefer encima. Una palabra mía y habría despedazado a Jamie. En cambio, después de lo me pareció como una hora, aunque seguramente fueron como treinta segundos, logré calmarme un poco, ordené mis pensamientos y recuperé la voz. Ordené a Deefer que se sentara. Le pedí quedarse en guardia. Después le dije a Jamie que se echara hacia atrás.
—¿Qué?
—Apártate ahora mismo o te echo al perro.
Dio un cauteloso paso atrás.
—No voltees —le dije—. No te muevas. Si te mueves, te morderá.
Jamie me miró.
—Anda, Cait, vamos. Mira, no creerás que era en serio, ¿verdad? Sólo bromeaba. No estaba…
Me alejé.
—¡Cait! —gritó—. Un minuto… ¿Qué haces? ¿Cait? No puedes dejarme aquí. Me congelaré. ¡Cait!

Cuando alcancé el arroyo mi calma se había evaporado y temblaba como una hoja. Aspiré hondo y llamé a Deefer. Mientras esperaba su respuesta, me deslicé hacia la ribera del arroyo y me lavé las manos en la corriente, tallándolas hasta que se entumecieron, hasta que ya no quedaba en ellas ni rastro de sensibilidad. Luego lavé las lágrimas de mi cara.
Es tu culpa, me dije. ¿Cómo pudiste ser tan estúpida? Estúpida, estúpida, estúpida… ¿Por qué no volteaste y te largaste en cuanto lo viste? Ya sabes cómo es. ¿Por qué no simplemente te fuiste?
Sabía la respuesta.
No me fui porque no quería parecer grosera. No quería parecer antipática…
Qué patético.
Cuando subía de nuevo a la ribera Deefer estaba sentado en el puente, meneando la cola.
—¿Dónde diablos estabas? —dije, limpiando las lágrimas moquientas de mi cara—. Se supone que debes cuidarme. Ven aquí —agachó la cabeza y se balanceó hacia mí, agazapado muy cerca del suelo—. La próxima vez… —le dije—. La próxima vez… vuelve cuando te llame, ¿de acuerdo? —le acaricié la cabeza—. No tiene caso dejarlo hasta el último momento… Cuando te llame, vuelve —golpeó el suelo con la cola y bostezó avergonzado—. Y no te atrevas a decirle a nadie lo que pasó —sollocé—. Esto queda entre tú y yo, ¿de acuerdo? Si papá se llega a enterar, lo mata. No estoy bromeando, Deef. Lo mata.

Cuando volví la casa estaba en silencio. Subí las escaleras y me duché. Me puse ropa limpia, me revisé en el espejo para asegurarme de que no se notaran mis lágrimas; luego revolví mi playera y mis pantaloncillos con un montón de ropa sucia y volví a la cocina. Estaba poniendo la ropa sucia en la lavadora cuando entró mi papá.
—¿Cait? ¿Qué haces?
—Estoy lavando un poco de ropa… Estaba… Es que había un poco de aceite en la paya.
—¿Aceite?
—Brea o algo así —me encogí de hombros—. Me ensucie un poco la playera.
—Ah —dijo, mirándome con atención—. ¿Estás bien? Tus ojos…
Miré hacia otro lado.
—No es nada. Sólo un poco de arena…
—Déjame ver.
—Dije que estoy bien, papá.
Me miró inquisitivamente.
—¿Qué pasa?
—Nada, lo siento. No quería contestarte así. De verdad, no es nada. Estoy bien —llené la lavadora y la encendí—. ¿Ya comiste?
—La verdad es que no tengo nada de hambre, linda.
—¿Y Dominic? No está dormido, ¿o sí?
—Salió. Tenía que ver a algunas personas…
—¿Dónde?
Negó con la cabeza.
—En El Perro y el Faisán, supongo.
—Y tú, ¿no querías ir?
Sonrió incómodo.
—Bah, sólo avergonzaría al muchacho. Ya sabes cómo es esto… Probablemente tomaremos juntos un trago, tranquilamente, en otra ocasión…
Fue hacia la alacena y sacó una nueva botella de whisky. Podía adivinar por su exagerada firmeza que llevaba ya algunos tragos encima. Se sentó a la mesa y se sirvió uno más.
—¿Tuviste un lindo paseo? —preguntó.
—Sí… Estuvo bien… Hacía un poco de frío…
Asintió, mirando por la ventana.
—Cait, ¿me dirías si algo estuviera mal?
—Sí, papá. Te lo diría.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
Sorbió su trago y me miró con ojos ligeramente cristalizados.
—Nadie como los niños para guardar bien un secreto.
—No soy una niña.
—No —dijo con tristeza—. Esa es la pura verdad.
—Papá…
—El muchacho —dijo de pronto—. Dime qué piensas de él.
—¿Cuál muchacho?
Sonrió con perspicacia.
—El muchacho guapo del puente.
—¿El Stand?
Bebió un poco más.
—Puente, Stand, lo que sea… ¿No te hizo preguntarte?
—¿Preguntarme qué? ¿De qué hablas papá?
—Secretos —guiñó.
—Creo que has bebido demasiado.
—Estoy bien.
—No parece.
—La verdad es que ha sido un día muy extraño…
—Sí.
Me miró por un instante, la cabeza ligeramente encajada entre los hombros. Luego respiró profundamente y se puso de pie.
—Bien, es mejor que siga. Mira que si no logro inventarme algo para pagar las cuentas… —sonrió de nuevo. Luego dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta, botella y vaso en mano.
—Papá —dije.
—¿Sí, cariño?
—No bebas demasiado. ¿De acuerdo?
—Está bien.
—Por favor.
—Tienes mi palabra.
Se acercó a mí y me besó. Después salió arrastrando los pies, de vuelta a su estudio. Su aliento olía a whisky y a tabaco dulzón. Esa noche no conseguí dormir por un buen rato. El aire era pesado y denso, y no podía tranquilizarme. Las sábanas se me pegaban al cuerpo, las almohadas eran demasiado suaves, demasiado abultadas, el colchón demasiado duro. No podía dejar de pensar en lo que había sucedido en la playa. Jamie Tait. La sensación de su mano, sus ojos inquietantes, su piel grasosa… Sabía que debía contárselo a alguien, pero no podía pensar en nadie. Incluso si se lo decía a alguien, ¿qué caso tendría? Era mi palabra contra la suya. Jamie era el héroe local, un estudiante de Oxford, el hijo de un miembro del Parlamento. ¿Y qué era yo? Nada, sólo una niñita extraña con listones en el pelo, una niña que usaba la misma ropa todo el tiempo. La hija sin madre de un escritor sin esposa.
En todo caso, seguí pensando, ¿qué había sucedido en realidad? A duras penas te tocó, ¿no es cierto? No hizo nada… Apenas te tocó…
Entonces comencé a llorar de nuevo.
Más tarde, estaba sentada cerca de la ventana abierta mirando la oscuridad, escuché a papá cantar suavemente en su estudio. Las palabras se dispersaron gentilmente en el aire de la noche. Oh, te llevaré de vuelta, Kathleen, a donde tu corazón ya no sentirá dolor… Y cuando los campos estén frescos y verdes te traeré de vuelta a casa…
Al final me quedé dormida, sólo para despertar al alba con los ruidos de Deefer, que ladraba mientras un automóvil rugía y rechinaba por el sendero hasta frenar en el patio. Risas y voces ebrias rasgaban la noche.
—¡Hey! Dommo, Dommo…
—¡Cuidado!
—¡Guau grrr, guau grrr!
—No puedo salir, hombre…
—Hey, hey, Caity…
—¡Shhh!
—Cuidado con la maldita puerta…
—Ja, claro…
Luego de dos minutos de portazos y gritos, el auto se echó en reversa, chirrió en el patio y rechinó sobre el camino. Permanecí en cama escuchando el ruido de pesados pasos que se arrastraban por el patio, toses, llaves que intentaban abrir la puerta principal. Después la puerta se abrió y se cerró de golpe; Dominic tropezó pasillo adentro y avanzó ruidosamente de puntillas por las escaleras hasta su habitación. En menos de cinco minutos retumbaban las paredes con el ruido de ronquidos ebrios.
Cerré los ojos.
Las voces…
“Hey, hey, Caity…”
“¡Shhh!”
No estaba segura, pero quien pedía silencio sonaba como Bill. Y el otro, el que había dicho mi nombre… era Jamie Tait.

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