¿Por qué leer? Porque cada vez que lees un libro, un árbol sonríe al ver que sí hay vida después de la muerte. Sabes que un libro es interesante cuando pasas las páginas sin darte cuenta. Leer, la forma más barata de viajar.

domingo, 14 de octubre de 2012

Primeros capítulos

Greco, un chico problematico de dieciséis años, es enviado a una prestigiosa institución inglesa, la Academia Fénix, que tiene fama de enderezar a jóvenes rebeldes en tiempo récord. Allí conoce a Iris, otra interna. Juntos, irán viendo que en la academia suceden cosas muy extrañas a los alumnos, que de un día al otro desaparecen para volver inquietantemente cambiados y dóciles. Greco e Iris tienen muy poco tiempo para descubrir el misterio de la Academia Fénix y su siniestra directora, o ellos serán sus próximas víctimas...



Me llamo Giulietta Hamilton, tengo dieciséis años y creo en los monstruos. 

Creo en los monstruos porque el verano pasado maté a uno. Cuando somos niños, los intuimos, los 
vemos debajo de la cama o en el fondo del armario. Tengo la impresión de que tiene algo que ver con el 
instinto, con una memoria colectiva y primitiva que, con el paso de los años, los adultos nos machacan. Parece que para hacerse mayor hay que dejar de creer en los monstruos, en lo sobrenatural. Pero nuestros antepasados sabían que existían, nos han dejado cientos de historias que hablan de ellos, de seres mitológicos, de dioses salvajes, de criaturas repulsivas más antiguas que los hombres.
Los tiempos han cambiado, es cierto, pero los 6 monstruos siguen a nuestro alrededor. Su secreto es 
que han aprendido a camuflarse entre nosotros. Tu profesor de matemáticas podría ser uno de ellos. O 
esa vecina con la que te sueles cruzar en el rellano de casa. Hoy en día los monstruos son tan normales 
que no llaman la atención. Pero, debajo de esa capa de normalidad, late una piel de monstruo. Eso lo aprendí el pasado verano. El verano pasado aprendí que ser diferente es peligroso.


Primera parte
1 IRIS

La gente suele deshacerse de lo que no entiende. 

Por eso mis padres están llevándome a la Academia Fénix, una especie de cárcel de verano para chicos 
problemáticos (según he podido ver en internet) donde esperan que me conduzcan, en palabras de papá, 
«de vuelta al buen camino».
La gente trata de encasillar lo que no comprende para poder olvidarlo y seguir con su vida ordenada. 
Trata de etiquetarte: tú eres el gracioso, tú la pija, tú el deportista, tú el conflictivo, tú la cerebrito... En el caso de los gemelos, la cosa es todavía peor, porque entonces es como si uno fuera el yin y el otro el yang. ¿Sabes lo que quiero decir? Si uno es formal, el otro sin duda es el alocado; si una es la alegre, la otra es la tristona; si uno es el soñador, entonces el otro es el práctico. Te haces una idea, ¿verdad? Es como si, al no poder distinguirte físicamente, tuvieran que buscar una diferencia de carácter. Te etiquetan, y así todo es más fácil.

Mi hermana gemela, Ivette, es la buena. Eso es algo que descubrí siendo muy niña. Todo el mundo se nos acercaba y solía decir: «mira a Ivette, qué tranquila y buena es. En cambio, Iris es un terremoto». «Está claro que Iris es la traviesa». Y la cosa fue a peor con los años. «Qué prontos tiene Iris». «Iris tiene mucho carácter»... Siempre me he preguntado por qué, cuando alguien tiene mala leche, se suele decir que tiene mucho carácter. En fin. A lo que quiero llegar es que, cuando toda tu vida te han estado diciendo que eres mala, al final terminas por creértelo. Y si te pasa algo ante lo que no sabes cómo reaccionar, automáticamente piensas: ¿Qué haría mi hermana? ¿Cómo actuaría Ivette? Y entonces haces todo lo contrario. Para demostrar que tienes personalidad propia, supongo. 
Sí, ya sé que suena absurdo, es cierto. Pero creo que si alguien hiciera el esfuerzo de ponerse en mi lugar, lo entendería. Porque cuando has cometido un error lo que de verdad quieres no es que te perdonen, sino que te entiendan. 

Pero no quiero perder el hilo de mis pensamientos. 
Sé que lo que hice no estuvo bien. Pero tuve que hacerlo. Me explicaré. Siempre que a Ivette le ha gustado un chico, a mí me ha gustado el tipo de chico contrario. Si a ella le ha gustado un rubio, yo he perdido la cabeza por un moreno. Si ella forraba su carpeta con las fotos de un futbolista joven, yo lo hacía con las de un escritor cincuentón. Si ella prefería los vampiros, yo elegía a los hombres lobo. Y así con todo: cuando ella decidió cortarse el pelo para «parecer más madura», yo decidí dejármelo largo y me hice mechas azules rollo manga. Mi error fue creer que este sistema funcionaba 
en sentido inverso. Cuando yo me enamoré (bueno, o creí enamorarme, ahora no lo tengo claro. ¿Qué esperabas? ¡Tengo dieciséis años, no tengo experiencia en estas cosas!) de Jonas, un chico de último curso, con su pelo largo que le tapaba la mitad de la cara, la chaqueta de cuero negro de su padre, sus camisetas de Paramore y sus botas militares, lo lógico es que Ivette se hubiera encaprichado de algún niñato rubio concamisas de marca y pantalones de pinza. Pero no. En cuanto descubrió que yo estaba interesada en Jonas, Ivette decidió que Jonas era «lo más». Así que supe que tenía que correr riesgos y adelantarme a ella. Una tarde, al salir del instituto, me planté delante de Jonas y, sin cortarme un pelo, le pregunté si iba a ir a la «fiesta de primavera», una horterada que celebraban en mi instituto seguramente copiada de algún colegio extranjero. Me contestó que sí, que claro que sí. Nadie quiere perderse una fiesta cuando es adolescente. Y le dije que me pasara a buscar, que iríamos juntos. Él me miró entre sorprendido y divertido. Y dijo que sí, que por supuesto, que pasaría a buscarme. Al llegar a casa 
le pedí a mi madre que me comprara el primer vestido largo de mi vida: negro como ala de cuervo, con escote palabra de honor y mucho vuelo. 

Y llegó el día de la fiesta. Fiel a su palabra, Jonas apareció con vaqueros negros, camisa blanca y una 
corbata negra con calaveras y tibias cruzadas en rojo, estilo pirata. Juro que casi me desmayo al verlo. Fuimos caminando al instituto (está a solo cuatro manzanas de mi casa) y, no exagero, esos contados ocho minutos que tardamos en llegar los dos juntos, los dos solos, fueron los más emocionantes de mi vida hasta ese día. Estaba tan nerviosa que apenas articulé palabra. Al entrar en el polideportivo, empezaron a poner la música. Todo era perfecto. Hasta ese momento. Entonces, Jonas me dijo que iba a saludar a sus colegas. Así que me fui al baño a comprobar que el maquillaje estaba todo en su sitio y a mojarme las muñecas porque, aunque no hacía calor, yo sentía que en cualquier instante iba a encenderme como una antorcha. Al salir del baño no lo vi. Tampoco era plan de ponerme a buscarle como una novia («novia», qué palabra tan rara) celosa. Así que estuve saludando a mis compa-
ñeros de curso un rato. Luego me tomé un refresco. Y acto seguido empecé a comer patatas y cacahuetes de la mesa que había a un lado de la pista. Pasaron los minutos, muchos minutos, y no encontraba a Jonas por ningún lado. Así que decidí dar un paseo como el que no quiere la cosa. Y entonces los vi. A Jonas y a Ivette, besándose junto a secretaría. Sus brazos rodeaban la cintura de mi hermana, sus dedos se enredaban en el pelo de Ivette, sus labios se fundían en los de mi gemela, idénticos a los míos. Ivette, con su pelo corto para parecer mayor y un vestido corto color rosa chicle que le daba un aire de niña que ha crecido demasiado rápido. No sé por qué, pero al verlos me escondí 
detrás de una columna del pasillo, como si fuera yo la que estuviera haciendo algo malo. Me faltaba el aire. Al cabo de un rato que a mí se me hizo eterno, me di la vuelta y volví andando a casa. El trayecto se me hizo muchísimo más largo que a la ida. Cuando llegué, mi madre, sorprendida, me preguntó por mi hermana. 
«Si quieres saber dónde está deberías ponerle un collar a esa perra», le contesté, y me fui directamente a mi cuarto.
Al lunes siguiente, mientras todo el mundo estaba en clase, le pedí permiso a la profesora para ir al baño. Salí del instituto, rocié con gasolina la moto de Jonas y le prendí fuego. Así de simple. Así de liberador. Cuando la gente salió alertados por las llamas y el humo, yo estaba tirada en la hierba presa de un ataque de risa.
Hace un rato que hemos abandonado la carretera principal y ahora vamos por un camino de mala muerte. La verdad es que la naturaleza salvaje de esta zona resulta espectacular. Es casi ridículo que, viviendo en Leeds, esta sea la primera vez que vengo a Escocia. Y es triste que sea para recluirme en la misteriosa Academia Fénix, el lugar donde los jóvenes de buena familia son reconducidos al buen camino. Cuando mis padres me dijeron que iban a dejarme aquí durante el verano, la busqué por internet, pero resulta que este lugar no tiene página web. Como si fuera una institución de 
otra época, una edificación amurallada en mitad de la nada. Y para colmo, está cerca del Loch Arkaig, 
un lago que tiene fama de embrujado y que cuenta con parajes con nombres como «La milla oscura» o 
«La charca de las brujas». Cuando lo descubrí, le dije a mi madre que metiera en mi equipaje una pistola con balas de plata y una botella de agua bendita; pero está claro que mi madre no tiene sentido del humor.«Ya hemos llegado». Eso lo acaba de decir mi padre. Él va al volante mientras mi madre simula dormir, como ha hecho durante todo el camino para no tener que hablar conmigo, «la hija mala».

Estamos en mitad de un bosque, frondoso y oscuro. O eso parece. En mitad de la nada. Acabamos de 
traspasar una verja alta y la Academia Fénix se dibuja al fondo recortada en el atardecer como una foto en blanco y negro. Todo tiene un aire fantasmagórico. Se supone que debo pasarme aquí los dos próximos meses, sin contacto con el mundo real, mientras mis padres y mi hermana, la buena de Ivette, hacen un crucero por el Mediterráneo. Se supone que en este lugar olvidado de la mano de Dios me van a reconducir «de vuelta al buen camino». Y lo peor de todo es que yo solo puedo pensar en que es la primera vez que voy a dormir separada de mi hermana.
Bajo del coche. En la explanada que sirve de improvisado aparcamiento hay otros chicos y chicas, otros 
castigados como yo, despidiéndose de sus padres. Veo a un chico alto y delgado como una figura de El Greco que se despide de un hombre, su padre supongo, estrechándole la mano. Me pregunto si mi padre hará lo mismo. La verdad es que me vendría bien un abrazo. Como si me hubiera leído la mente, mi madre me coge por los hombros y me estruja contra su pecho. 
Cierro los ojos y puedo oler su perfume de jazmín.
—Pórtate bien. —No me lo dice como una orden; lo dice como una recomendación.
—Lo haré.
—Más te vale —dice mi padre con el ceño fruncido—. Ni te imaginas lo que nos cuesta este sitio.
Asiento en silencio, avergonzada y herida, y cojo mi maleta de ruedas. Me acerco a mi padre para darle un beso, pero se da la vuelta sin decirme adiós y se mete en el coche.
—Dos meses pasan volando —me anima mamá.
—Ojalá —suspiro.
—Seguro que haces amigos —añade al tiempo que abre la puerta del coche. Echo un último vistazo a mis padres, esperando que en cualquier momento me digan que todo ha sido una broma, para darme un escarmiento, y que puedo volver a casa si prometo portarme bien. Pero papá arranca el coche y comienza a maniobrar para salir del recinto.
—Estaban deseando deshacerse de ti, ¿eh?
Me giro sorprendida. La que ha dicho eso es una chica gótica, pequeña y muy guapa, con la cara maquillada de una forma que solo se me ocurre describir como agresiva, un poco al estilo de Alice Glass, la cantante de Crystal Castles. Lleva una camiseta de rayas horizontales negras y blancas, a juego con sus medias que le llegan hasta las rodillas, una minifalda negra con vuelo y unas botas también negras. Bajo su flequillo cortado a ras de las cejas le brillan unos ojos azulísimos.

—No te preocupes, los míos también están hartos de mí —dice sonriendo—. Mi nombre es Giulietta.
—Yo soy Iris.
Echamos a caminar juntas por el sendero de gravilla, arrastrando nuestras maletas con dificultad. Un
complejo de edificios grises se levanta entre los árboles. No podría decir en qué año habían sido construidos ni aunque la vida me fuera en ello. Salvo una gran farola que hay justo encima de la puerta de entrada, todo parece tener más de doscientos años. Si el arquitecto había planeado imponer miedo, mi más sincera enhorabuena.
—¡Qué espanto! —dice Giulietta.
—Y que lo digas. Pone los pelos de punta.
Entonces, el chico de antes se gira y nos mira directamente como si nos hubiera oído, pero no dice nada.
—Bueno, al menos parece que con un poco de suerte no nos aburriremos aquí —dice Giulietta con
una sonrisa pícara.




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